El precariómetro del universo ELE (versión extendida)

El precariómetro (o precarizómetro) es una idea original de AarónPérez (@APLinguista) para poner un poco de humor a la triste situación laboral de los profesores de español como lengua extranjera. Para ofertas en las que los requisitos superan con creces a las condiciones; ofertas abusivas, poco claras, con salarios birriosos o directamente ilegales, usemos uno de estos:

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En el precariómetro que he dibujado hay 8 niveles que van desde lo menos a lo más precario:

  1. Mundo ideal, que como todos sabemos, no existe. Se puede dar en el extranjero, pero cada vez menos.
  2. Justicia. Como la justicia es ciega, no ve, la pobre, lo mal que estamos. Rara avis.
  3. Moralidad, porque una cosa es lo que hay que pagar “por convenio” y otra pensar si con ese sueldo se puede vivir dignamente. ¿Existen puestos de trabajo así?
  4. Legalidad: Igual que Pfff pero con contrato y sueldo “según convenio”.
  5. Pfff: tienes que ser autónomo (eso que se ahorra la empresa y que a ti nadie te paga) o te hacen contrato pero… haces clases en empresas (en polígonos a los que tienes que ir en tu coche, si tienes), casas particulares y sede, de 8.00 h a 22.00 h, sin tiempo par comer ni tener vida social (ni vida a secas).
  6. Morro: Como 5 pero sin contrato, o con un contrato de otra cosa (¿administrativo?), cobrando miserias, siendo despedido y recontratado sin fin… y sacando a los estudiantes de marcha.
  7. Timo: Como 6 pero ya descaradamente en negro y si lo quieres bien y si no pues mira, hay un montóń de filologos en paro deseosos de trabajar y, si no, me vale cualquiera, si total, enseñar la lengua propia no es tan difícil, lo puede hacer cualquiera… Y haces clases por skype con tu ordenador y los datos de tu smartphone. Y tortillas de patata. Y talleres de flamenco.
  8. Estafa: casi hasta pagas por currar, y los estudiantes, si viven contigo, oye, pues mucho mejor.

Ya decía Peret que era preferible reír que llorar. Ele, feliz comienzo de septiembre (y de curso para los que empiecen ahora).

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El trabajo zombi

Academia de español para extranjeros X. Varias sedes en la capital del reino en un barrio bueno, con puertas de esas que se abren automáticamente y ordenadores y proyectores en todas las aulas. El negocio marcha. Tienen toda una sección dedicada al marketing, a captar alumnos y ofrecerles además paquetes completos de alojamiento, ocio cultural y nocturno y cursos de español. También organizan cursos de formación de profesores de vez en cuando. Contratan a profesores de ELE cada cierto tiempo; quieren profesores jóvenes “que tienen mucha energía y ganas de trabajar”.  El sueldo es “según convenio”. Les contratan por un cuarto de jornada pero harán el doble, o el triple de horas. No se las pagan extra. Se las guardan “para cuando haya menos volumen de trabajo”. Luego les hacen una cosa llamada “novación de contrato”. Ingeniería empresarial. ¿Será legal?

El profesor Y es un poco feliz porque  ha encontrado trabajo “de lo suyo”, le gusta su trabajo y aquí, al menos, cotiza a la seguridad social. Es viernes, empieza el lunes. Recibe un mail con sus horas de clase repartidas a lo largo del día con indicaciones más o menos así: el lunes de 9.00 a 12.00 intensivo A.1; de 14.00 a 15.00 particular por skype A.1; de 17.00 a 18.00 particular en empresa; de 20.30 a 10.00 A2 lunes y miércoles.

¿Le han dado alguna orientación metodológica/didáctica/organizativa? No. Todo lo que sabe es que en los grupos se da una lección por semana. De lo que sea, lo que toque, lo que venga en el manual Z. En todos los grupos y niveles. Esto es así porque cada semana varía su horario y a lo mejor su grupo se lo dan a otro profesor que debe saber “por dónde van”. Y también porque cada semana se pueden incorporar alumnos nuevos y “así controlan por dónde van”. Nadie le orienta sobre cómo enfocar las clases con los alumnos chinos (muchísimos), a los que nunca se ha enfrentado. O sobre cómo hacer las clases por skype, que no ha hecho nunca. Se saca las castañas del fuego solito.

Eso sí. Le han insistido en que vaya “bien vestido” y que no llegue tarde. Y que puede hacer alguna fotocopia de otras cosas. Y que dedique algunas horas a actualizar el Facebook con fotos divertidas y etiquete a sus alumnos (le han mandado dos correos electrónicos para explicárselo).

¿Sabe el profesor Y algo sobre sus alumnos, sus necesidades, sus intereses…? ¿Sus edades, orígenes, estilos de aprendizaje? ¿Cualquiera de las variables sobre el alumnado que se os ocurran? No. Y llega al aula y tiene un vietnamita que no habla inglés y con el que se “comunica” por google translator, un italiano de erasmus, varios chinos que tienen que aprobar un examen en su país, un adolescente neozelandés que está pasando unos días en España al que sus padres han apuntado al curso para que no se aburra y una jubilada alemana que quiere comprarse una finca en Andalucía. Algunos además están en un nivel que no les corresponde. Da igual. Lección n del manual Z, obligatorio, porque hay un acuerdo con la editorial, y tira p’alante.

¿Tiene tiempo el profesor Y para prepararse las clases? No; o sí, en los huecos entre clase y clase. O en el metro, de camino a la academia. Otra cosa es que le queden ganas.

¿Le importa a la Academia X  la calidad de su trabajo? No. Nadie de la dirección le pregunta qué tal las clases, si tiene algún problema, alguna sugerencia. ¿Para qué? Los otros profesores están como él. Abrumados por los horarios infernales y el “come come” antes de cada clase, por el trabajo zombi. Nadie habla mucho con nadie. Está casi todo el mundo quemado. Los más veteranos avergonzados de las condiciones de los nuevos. Mejor no intimar demasiado. Los alumnos vienen y van. Pasan quince días en España y desparecen. Los profesores también vienen y van. Cuando acaben sus contratos y la empresa se vea en la tesitura de renovarlos o hacerles indefinidos volverán a la oficina del Inem. Y la academia contratará a los nuevos pardillos.

¿Leerá el profesor Y este post, o algún artículo interesante, o participará en un debate on line? No, no le da la vida. Estará durmiendo. Mañana tiene una clase particular con alguien. Sabe que es un A2.

[Este texto lo motiva la lectura de esta entrevista, de este artículo, de algunos tuits y de mucha jartura. Si no digo el nombre de la academia es porque el profesor Y tiene que pagar facturas, pero ganas no me faltan]

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Bosnios que hablan español

[Me he encontrado este texto en los borradores de los post del blog. No recordaba haberlo escrito. Lo publico tal cual estaba, ahora con la cruel perspectiva de los cientos de refugiados que se mueren de frío (algunos literalmente) a las puertas de Europa. Malditas sean todas las guerras]

Te los encuentras cuando menos te lo esperas, en la carnicería, en unas escaleras mecánicas, en una gasolinera… Hablan español, y lo hablan muy bien. Y no porque hayan visto telenovelas, como muchos de mis alumnos en la universidad de Sarajevo (y en la de Tirana, y en la de Bucarest….). Es que estuvieron en España como refugiados durante la guerra (1992-95). He intentado encontrar un número aproximado de cuántos fueron acogidos y al parecer la cifra total ronda los cinco mil. Algunos pudieron irse con sus familiares, pero muchos fueron solos. Todos con historias tremendas a cuestas (como esta).

Me contó una amiga que al principio les acogieron y les trataron muy bien, pero que a medida que la guerra se prolongaba los recursos para atenderlos fueron menguando (ella misma cuenta su experiencia aquí). También la atención mediática. “Nadie imaginaba que la guerra duraría tanto”, me dice. Algunos, como ella y los suyos, volvieron al acabar el conflicto. Otros, pocos, se quedaron y viven en Soria o en Santander. Todos aprendieron la lengua.

Mi carnicero estuvo viviendo en Coria del Río y tiene todavía acento sevillano. Y la chica que nos ha vendido hoy un yogur en el super en León. Es curioso y tremendo a la vez como algo tan atroz como una guerra tejió relaciones tan intensas entre dos países que nunca hasta entonces, apenas, se habían tratado; entre gente de sitios tan alejados, y cómo se les ilumina la cara cuando recuerdan el tiempo vivido en España.

Qué pasó con…

El 2017 recién empezado me pilla nostálgica. En la prehistoria de los blogs y el universo #ELE (entonces microcosmos) había dos que me encantaban:

Longrey, (sí, se llevaban los pseudónimos, yo misma fui “Pepita Pulgarcita”) que tenía un blog llamado Elequeele que ya no está disponible y proponía entre otras cosas actividades chulas como esta que rescataban en FORMESPA.

Idoia, así sin apellidos, cuyo blog se llamaba eleinicios (y que ahora es otra cosa y lo lleva otra persona) que era una de mis comentadoras más fieles y que desapareció sin dejar rastro en la blogosfera ELE.

¿Cómo dar con ellos y decirles que les echo de menos?

 

Profesor de ELE por el mundo vuelve a casa (cómo, cuándo, por qué)

Después de quince años danzando por esos mundos he vuelto a mi ciudad. En ese tiempo fuera he sido profesora de español para extranjeros en distintos países y en institutos (algunos, incluso, Cervantes) y universidades. La primera vez que hice las maletas fue gracias a una beca para las secciones bilingües en Europa del este. Era la última de la lista, recién licenciada, sin experiencia… no tenía esperanzas. Pero en septiembre me llamaron para cubrir una baja. ¿Cuánta gente habrá rechazado la oferta antes que yo?, pensé entonces. Y ya no paré.

Al año siguiente fui auxiliar de conversación en otro país. Luego fui lectora AECID en un nuevo destino, antes del drástico recorte de plazas y presupuesto. Después me busqué la vida y acabé gestionando un proyecto de cooperación internacional (también subvencionado por AECID) con una universidad. Y di clase, además, de cosas que nunca imaginé: teoría de la literatura, didáctica de la enseñanza de lenguas extranjeras… Por azares de la vida, años después y al límite de pasarme por edad de poder presentar mi solicitud, volví a ser lectora AECID, ya en las tristes condiciones actuales. Y examiné DELES, formé a profesores, participé en encuentros y seminarios varios, hice teatro y radio, publiqué libros, aprendí idiomas… ¡Menudo currículum, eh!

En todos estos años me rondaban, cómo no, las ganas de volver a casa. Los padres van envejeciendo en la distancia; los hermanos, los amigos hacen su vida sin ti; o se reproducen y no ves crecer a sus retoños más que en fotos o por skype. Eso sin pensar en que, tras tanto tiempo trabajando, apenas tienes días cotizados… Pero ¿cómo volver?

El panorama ELE en el mundo de las academias es bien deprimente. ya lo han dicho muchos compañeros antes que yo. No quiero hacer sangre ni poner nombres, pero aspirar a cobrar 10 euros a la hora, con un contrato de media jornada, aunque haciendo más horas de las que se firman, y a horarios ultra elásticos, y disponible los sábados… no es lo más apetecible. Y menos si tienes que criar a un churumbel propio y llevar cierta vida familiar. ¿Clases particulares? Sigues sin cotizar… ¡Pues hazte autónomo! Jajajajajajja ¿Montártelo por tu cuenta y ser un “emprendedor”? Si tienes pasta…

Toda la experiencia acumulada, subvencionada por el estado con esas becas que quedan tan bien como promoción de la lengua y la cultura en las programaciones y presupuestos, se va por el desagüe al poner un pie en España. Trabajar en la universidad española no es sencillo. Los compañeros que no se fueron por esos mundos, que hicieron tesis (o que hicieron pasillos y despachos) ya están ahí. Y en condiciones también lamentables. Las EOI apenas convocan plazas, ni los Centros de idiomas de las facultades (en la UCM abrieron una bolsa de trabajo y les llovieron las solicitudes desde todos los rincones de mundo). No da puntos para presentarte en las oposiciones de secundaria.

Y, mientras, sigues leyendo titulares sensacionalistas como que Francia necesita 1000 profesores de español, o escuchando la eterna promesa de Brasil y China. Marcharse, formarse, adquirir experiencia… Pero ¿qué pasa cuando se quiere volver?

Lo veo todo bastante negro. Igual hay que dedicarse a otra cosa.

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Mis madres balcánicas

Recuerdo a mi madre balcánica número uno. Madre en el sentido más amplio de la palabra,  como en las novelas rusas, donde se llaman “madrecita” de manera cariñosa.  En mi primera incursión rumana, como buena novata, cometí una pequeña confusión con los billetes de tren y en lugar de ir directamente desde Bucarest a Timişoara terminé perdida en medio de la Rumanía  más profunda y tuve que hacer unos cuantos transbordos para llegar a mi destino. En uno de esos transbordos fui adoptada por una señora que se ocupó de mí, de mi seguridad, de mi confort, de mi alimentación y de mis relaciones sociales durante todo el trayecto. Me compró fruta (¡un kilo de uvas y ciruelas rojas!), me presentó a los compañeros del compartimento de tren en el que viajábamos,  me protegió de los pesados y me llevo de la mano hasta el siguiente tren. No se fue hasta que el tren arrancó  y nos alejamos, diciéndonos “la revedere” un buen rato. No me acuerdo de su aspecto físico pero sí de su olor, mezcla de jabón casero, sudor, sopa o repollo y fruta madura.

Luego tuve otra madre rumana, una profesora, compañera de trabajo, que se preocupaba de que comiera bien, de que no pasara frío y que me hacía regalos para San Nicolás. Esta era más tipo abuelita.

Y las he tenido luego albanesas, de campo y de ciudad, estupendas ellas, y hasta una macedonia, durante unos instantes.

La madre balcánica te trae pita que hizo el día anterior. Y a veces galletas resecas que tienes que comer delante de ella, fingiendo que están buenísimas. Si te pones enferma sabe todos los remedios caseros y te obliga a prometerle que no saldrás de casa con el pelo mojado. Y, cuando pueda, aunque estéis lejos, se las apañará para hacerte llegar una botella de rakija casera.

Ahora estoy en las manos de otra madre balcánica. Esta es de Gorazde. Es mi compañera de habitación en un hospital de Sarajevo donde me tratan una tromboflebitis. Me trae de comer a todas horas y cuando le digo que no quiero, que muchas gracias, hace oídos sordos y me obliga o me lo deja en la mesilla de noche.

Y eso que decían que madre no hay más que una…

“We want more” o “pero bueno, si nos hemos pasado media hora”

No llevo reloj. El primer año que trabajé como profesora me regalaron uno y me parecía algo imprescindible; siempre se me dio muy mal calcular el tiempo y mi gran temor era no tener material suficiente para toda la clase. Los 60 minutos a veces se estiraban como un chicle sin sabor, otras veces pasaban volando. Un par de cursos después abandoné el reloj (creo que se le acabó la pila y nunca compré otra, debe estar en algún cajón en casa de mis padres). Tenía ya más o menos en la cabeza lo que daba de sí una hora de clase y siempre podía preguntar a los alumnos qué hora era. Además hay algunos movimientos entre los estudiantes que te dicen que ya se acaba, que se tienen que cambiar de clase; cierran ellos solos los cuadernos, se empiezan a impacientar. Y hay ruido en el pasillo, o alguien abre la puerta del aula a ver si ya has terminado… Y no me va mal asi.

Hoy he empezado mi clase a y cinco y no en punto- hay una especie de mini pausas tácitas que tienen los estudiantes para cambiar de aula, o salir a fumar, o picotear algo rápidamente-. Los chicos han ido llegando con cuentagotas. En la clase anterior hablamos de los objetos cotidianos y les hice el clásico “lo que llevo en el bolso” (algo como lo que se hacía en los blogs En mi bolsillo (que empezó en 2005) o Objetos personales (de 2007); por eso lo de “clásico”). Como Mary Poppins, fui sacando de mi bolso y dejando en la mesa objetos normales (bolis, llaves, cascos, agenda, monedero…) y otros menos habituales (un ajedrez plegable, una manzana…); expliqué el vocabulario, practicamos algunas estructuras y les pedí que, en casa, vaciasen sus bolsos, hiciesen una foto y buscasen, si no lo conocían, el nombre de sus pertenencias. Así que hoy hemos proyectado sus fotos y hemos estado hablando de ellas. Les he enseñado también algunas fotos sacadas de un grupo de flickr y hemos hecho hipótesis sobre cómo serían sus dueños. Luego hemos hablado de cómo organizar todo ese vocabulario nuevo… Total, que cuando me he querido dar cuenta había pasado una hora y media y allí seguían mis estudiantes, sentaditos, atendiendo, preguntando, participando, sin mostrar esos signos de incomodidad de “ya es la hora”. Nadie ha venido a echarnos, creo que éramos una de las pocas aulas ocupadas en la facultad a esas horas.

collage lo que llevo en el bolso

El otro día le pasó algo parecido a mi compañera de fatigas. Los estudiantes al acabar la clase, su primera clase de español en la universidad, le dijeron: “we want more”.

Nos dejan sorprendidísimas estas reacciones. ¿Cómo que “we want more”? ¿Cómo es eso de que no queráis salir escopetaos del aula, a la calle, a los bares, a donde sea menos seguir encerrados en la apolillada universidad? ¿De dónde sale esta “supermotivación”? Es tan raro como lo de que al terminar la clase los estudiantes se te acerquen para decir “gracias”. Nadie me había dado las gracias por una clase antes de llegar a mi actual destino. Ni yo había dado las gracias a ningún profesor en una clase normal- y probablemente alguno se lo merecía-.

Una de mis conclusiones es que les tratamos como personas y nos preocupamos por ellos bastante más que algunos estirados y dignos profesores titulares que pululan por los pasillos de la facultad. Otra de las conclusiones es que las clases les deben parecer divertidas o interesantes, no sé. O que somos la novedad: extranjeras, no muy revenidas aún… El caso es que es un gustazo salir así de clase. Y que da mucho más qué pensar.