Profesor de ELE por el mundo vuelve a casa (cómo, cuándo, por qué)

Después de quince años danzando por esos mundos he vuelto a mi ciudad. En ese tiempo fuera he sido profesora de español para extranjeros en distintos países y en institutos (algunos, incluso, Cervantes) y universidades. La primera vez que hice las maletas fue gracias a una beca para las secciones bilingües en Europa del este. Era la última de la lista, recién licenciada, sin experiencia… no tenía esperanzas. Pero en septiembre me llamaron para cubrir una baja. ¿Cuánta gente habrá rechazado la oferta antes que yo?, pensé entonces. Y ya no paré.

Al año siguiente fui auxiliar de conversación en otro país. Luego fui lectora AECID en un nuevo destino, antes del drástico recorte de plazas y presupuesto. Después me busqué la vida y acabé gestionando un proyecto de cooperación internacional (también subvencionado por AECID) con una universidad. Y di clase, además, de cosas que nunca imaginé: teoría de la literatura, didáctica de la enseñanza de lenguas extranjeras… Por azares de la vida, años después y al límite de pasarme por edad de poder presentar mi solicitud, volví a ser lectora AECID, ya en las tristes condiciones actuales. Y examiné DELES, formé a profesores, participé en encuentros y seminarios varios, hice teatro y radio, publiqué libros, aprendí idiomas… ¡Menudo currículum, eh!

En todos estos años me rondaban, cómo no, las ganas de volver a casa. Los padres van envejeciendo en la distancia; los hermanos, los amigos hacen su vida sin ti; o se reproducen y no ves crecer a sus retoños más que en fotos o por skype. Eso sin pensar en que, tras tanto tiempo trabajando, apenas tienes días cotizados… Pero ¿cómo volver?

El panorama ELE en el mundo de las academias es bien deprimente. ya lo han dicho muchos compañeros antes que yo. No quiero hacer sangre ni poner nombres, pero aspirar a cobrar 10 euros a la hora, con un contrato de media jornada, aunque haciendo más horas de las que se firman, y a horarios ultra elásticos, y disponible los sábados… no es lo más apetecible. Y menos si tienes que criar a un churumbel propio y llevar cierta vida familiar. ¿Clases particulares? Sigues sin cotizar… ¡Pues hazte autónomo! Jajajajajajja ¿Montártelo por tu cuenta y ser un “emprendedor”? Si tienes pasta…

Toda la experiencia acumulada, subvencionada por el estado con esas becas que quedan tan bien como promoción de la lengua y la cultura en las programaciones y presupuestos, se va por el desagüe al poner un pie en España. Trabajar en la universidad española no es sencillo. Los compañeros que no se fueron por esos mundos, que hicieron tesis (o que hicieron pasillos y despachos) ya están ahí. Y en condiciones también lamentables. Las EOI apenas convocan plazas, ni los Centros de idiomas de las facultades (en la UCM abrieron una bolsa de trabajo y les llovieron las solicitudes desde todos los rincones de mundo). No da puntos para presentarte en las oposiciones de secundaria.

Y, mientras, sigues leyendo titulares sensacionalistas como que Francia necesita 1000 profesores de español, o escuchando la eterna promesa de Brasil y China. Marcharse, formarse, adquirir experiencia… Pero ¿qué pasa cuando se quiere volver?

Lo veo todo bastante negro. Igual hay que dedicarse a otra cosa.

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Mis madres balcánicas

Recuerdo a mi madre balcánica número uno. Madre en el sentido más amplio de la palabra,  como en las novelas rusas, donde se llaman “madrecita” de manera cariñosa.  En mi primera incursión rumana, como buena novata, cometí una pequeña confusión con los billetes de tren y en lugar de ir directamente desde Bucarest a Timişoara terminé perdida en medio de la Rumanía  más profunda y tuve que hacer unos cuantos transbordos para llegar a mi destino. En uno de esos transbordos fui adoptada por una señora que se ocupó de mí, de mi seguridad, de mi confort, de mi alimentación y de mis relaciones sociales durante todo el trayecto. Me compró fruta (¡un kilo de uvas y ciruelas rojas!), me presentó a los compañeros del compartimento de tren en el que viajábamos,  me protegió de los pesados y me llevo de la mano hasta el siguiente tren. No se fue hasta que el tren arrancó  y nos alejamos, diciéndonos “la revedere” un buen rato. No me acuerdo de su aspecto físico pero sí de su olor, mezcla de jabón casero, sudor, sopa o repollo y fruta madura.

Luego tuve otra madre rumana, una profesora, compañera de trabajo, que se preocupaba de que comiera bien, de que no pasara frío y que me hacía regalos para San Nicolás. Esta era más tipo abuelita.

Y las he tenido luego albanesas, de campo y de ciudad, estupendas ellas, y hasta una macedonia, durante unos instantes.

La madre balcánica te trae pita que hizo el día anterior. Y a veces galletas resecas que tienes que comer delante de ella, fingiendo que están buenísimas. Si te pones enferma sabe todos los remedios caseros y te obliga a prometerle que no saldrás de casa con el pelo mojado. Y, cuando pueda, aunque estéis lejos, se las apañará para hacerte llegar una botella de rakija casera.

Ahora estoy en las manos de otra madre balcánica. Esta es de Gorazde. Es mi compañera de habitación en un hospital de Sarajevo donde me tratan una tromboflebitis. Me trae de comer a todas horas y cuando le digo que no quiero, que muchas gracias, hace oídos sordos y me obliga o me lo deja en la mesilla de noche.

Y eso que decían que madre no hay más que una…

“We want more” o “pero bueno, si nos hemos pasado media hora”

No llevo reloj. El primer año que trabajé como profesora me regalaron uno y me parecía algo imprescindible; siempre se me dio muy mal calcular el tiempo y mi gran temor era no tener material suficiente para toda la clase. Los 60 minutos a veces se estiraban como un chicle sin sabor, otras veces pasaban volando. Un par de cursos después abandoné el reloj (creo que se le acabó la pila y nunca compré otra, debe estar en algún cajón en casa de mis padres). Tenía ya más o menos en la cabeza lo que daba de sí una hora de clase y siempre podía preguntar a los alumnos qué hora era. Además hay algunos movimientos entre los estudiantes que te dicen que ya se acaba, que se tienen que cambiar de clase; cierran ellos solos los cuadernos, se empiezan a impacientar. Y hay ruido en el pasillo, o alguien abre la puerta del aula a ver si ya has terminado… Y no me va mal asi.

Hoy he empezado mi clase a y cinco y no en punto- hay una especie de mini pausas tácitas que tienen los estudiantes para cambiar de aula, o salir a fumar, o picotear algo rápidamente-. Los chicos han ido llegando con cuentagotas. En la clase anterior hablamos de los objetos cotidianos y les hice el clásico “lo que llevo en el bolso” (algo como lo que se hacía en los blogs En mi bolsillo (que empezó en 2005) o Objetos personales (de 2007); por eso lo de “clásico”). Como Mary Poppins, fui sacando de mi bolso y dejando en la mesa objetos normales (bolis, llaves, cascos, agenda, monedero…) y otros menos habituales (un ajedrez plegable, una manzana…); expliqué el vocabulario, practicamos algunas estructuras y les pedí que, en casa, vaciasen sus bolsos, hiciesen una foto y buscasen, si no lo conocían, el nombre de sus pertenencias. Así que hoy hemos proyectado sus fotos y hemos estado hablando de ellas. Les he enseñado también algunas fotos sacadas de un grupo de flickr y hemos hecho hipótesis sobre cómo serían sus dueños. Luego hemos hablado de cómo organizar todo ese vocabulario nuevo… Total, que cuando me he querido dar cuenta había pasado una hora y media y allí seguían mis estudiantes, sentaditos, atendiendo, preguntando, participando, sin mostrar esos signos de incomodidad de “ya es la hora”. Nadie ha venido a echarnos, creo que éramos una de las pocas aulas ocupadas en la facultad a esas horas.

collage lo que llevo en el bolso

El otro día le pasó algo parecido a mi compañera de fatigas. Los estudiantes al acabar la clase, su primera clase de español en la universidad, le dijeron: “we want more”.

Nos dejan sorprendidísimas estas reacciones. ¿Cómo que “we want more”? ¿Cómo es eso de que no queráis salir escopetaos del aula, a la calle, a los bares, a donde sea menos seguir encerrados en la apolillada universidad? ¿De dónde sale esta “supermotivación”? Es tan raro como lo de que al terminar la clase los estudiantes se te acerquen para decir “gracias”. Nadie me había dado las gracias por una clase antes de llegar a mi actual destino. Ni yo había dado las gracias a ningún profesor en una clase normal- y probablemente alguno se lo merecía-.

Una de mis conclusiones es que les tratamos como personas y nos preocupamos por ellos bastante más que algunos estirados y dignos profesores titulares que pululan por los pasillos de la facultad. Otra de las conclusiones es que las clases les deben parecer divertidas o interesantes, no sé. O que somos la novedad: extranjeras, no muy revenidas aún… El caso es que es un gustazo salir así de clase. Y que da mucho más qué pensar.

Al otro lado del pupitre en el #CEHele6

El otro día me tocó abrir el programa del VI Seminario de formación de profesores de ELE que organiza el Centro de Estudios Hispánicos de Sarajevo, en colaboración con la Filozofski Fakultet, donde doy clases, y la Embajada de España en B-H.  Y no se me ocurrió nada mejor que ponernos a reflexionar sobre cómo hemos aprendido idiomas los que hoy ejercemos como profesores de ELE.

cehele6

[click sobre la imagen o aquí para ir al prezi]

Después de poner un poco de marco propuse a los asistentes dos sencillas metáforas: pensando en sus experiencias como aprendices de lenguas extranjeras en el aula ¿qué animal serías? y ¿qué superpoderes desarrollaste/qué superhéroe serías?

Aunque algunos intentaron llevar la cosa por el lado optimista, la verdad es que lo que más salió fueron tortugas, monos y loros de repetición por una parte y hombres y mujeres invisibles por otra (y algún que otro batman que adquiere herramientas de aprendizaje entre las sombras). Da que pensar, ¿no?

@mariaparrula, positiva como es ella

El taller debería haber terminado, tras hablar de lo que nos gustaba o no nos gustaba como estudiantes en clase de idiomas, viendo si hay alguna correspondencia o coherencia entre cómo éramos y cómo actuamos como docentes. Pero no nos dio tiempo y, en realidad, cada uno sabe en qué tipo de profesor se va convirtiendo con el paso del tiempo, si en el que siempre quiso ser o en el que odiaba; yo solo quería hacer pensar.

“A la universidad no se viene a aprender una lengua…”

Una servidora y sus alumnos de primero- gente que nunca ha estudiado español antes-sufrimos los estragos de un syllabus cortado según los patrones del apolillado- pero resistente- método de Gramática&traducción. Algún día alguien nos encontrará moribundos, axfisiados, por los pasillos de la facultad, como peces a los que se les ha negado el agua del acuario, (agua… qué ocurrencias!). Por eso necesito un pequeño desahogo cibernético, aunque sé que mi caso no es excepcional. Universidades y escuelas de todo el mundo siguen programas similares: primera semana, el alfabeto, la fonética y las normas de acentuación. Segunda semana, el sustantivo: género y número. Tercera: el adjetivo: género, número, formación del comparativo y el superlativo… Así hasta la semana número 15, fin de un semestre a lo largo del cual se habrá abordado el artículo- y sus usos y cuándo ponerlo y cuándo no-, el presente de indicativo con todas sus irregularidades (incluído el verbo roer) y si da tiempo, los usos y el contraste entre ser y estar.

Elacatinus prochilos (Broadstripe Goby)

Las explicaciones se dan en la lengua de los alumnos, dos horas por semana impartidas por la profesora titular. Dos horas a la semana de listas de ejemplos, reglas y excepciones y ejercicios de huecos sacados de manuales amarillentos y gramáticas editadas a finales de los 80. El argumento siempre es el mismo: esto no es una escuela de idiomas, aquí se viene a conocer la lengua en profundidad. Toma profundidad.

A la vez los estudiantes tienen una hora con la lectora extranjera- yo, pero antes otras como yo- en la que hay seguir el ritmo del programa, poniéndolo “en práctica”. Para esa hora semanal no me sirve apenas ningún material de los manuales que conozco: los contenidos avanzan a un ritmo mucho más lento del que necesitamos, no tenemos tiempo “que perder” (el tiempo de reconocer, identificar, practicar, insistir, machacar, repetir, reflexionar, con distintas dinámicas, desde distintas destrezas….). Y me las tengo que ingeniar. Mis alumnos necesitan ir poniéndole ya algo de ropa léxica y comunicativa a ese esqueleto de normas morfológicas que tirita de frío, formado con frases como “atención con los sustantivos que terminan en -dad o en -tud, acaban en consonante pero son palabras femeninas: senectud, heredad…” o como  “el artículo se usa delante de los días de la semana y con las horas, excepto después del verbo ser: ejemplo hoy es domingo“. Eso sí, cuando llego yo me preguntan que qué significa “hoy”.

Mis pobres alumnos, entonces, se aprenden de memoria estas y otras reglas, y listas de palabras que ilustran los casos extraños de la lengua española (¿cómo es el plural de carmesí o alhelí?) porque en el examen oral- en su lengua- tendrán que demostrar lo que han estudiado.Y memorizan palabras que no saben ni pronunciar y hacen ejercicios de poner en plural o en femenino pero no saben el nombre de los objetos de la clase (ahora ya sí) ni que aunque sea de noche- anochece sobre las 16.30- no tienen que decirme “buenas noches” cuando entro en clase.

¿Cómo afrontar este panorama? El primer día de clase se asustan porque no me entienden nada, les tranquilizo y les digo que iremos poco a poco, partimos de lo que ya saben, de las similitudes con las otras lenguas que conocen o estudian, y vamos aprendiendo a saludar, a presentarse, a hablar de uno, de las cosas que nos rodean- del aula a la calle, a la ciudad, al mundo… Los contenidos casi los van demandando ellos en su necesidad de comunicarse conmigo y yo con ellos. Vamos organizando lo que saben y lo que necesitan saber decir- por ejemplo en mapas de vocabulario-, jugamos, nos reimos. Creo que lo único que puedo hacer en ese rato en el que están expuestos a la lengua es trabajar con ellos estrategias. Estrategias para el autoaprendizaje, que es a lo que están destinados. Estrategias para ir llenando sus lagunas léxicas a partir de lo que recuerdan de una canción o de una serie y preguntándome a mí, o al que sabe algo más de la clase, y usando con cabeza los diccionarios o las herramientas digitales a su alcance. Estrategias para detectar y entender los mecanismos morfológicos con los que les atiborran a partir de algo significativo y accesible, que no les frustre. Estrategias para la comprensión: inferir significados cuando me escuchan o cuando leen. (Les insisto, por ejemplo, en que no tienen que entender todas las palabras de un texto, que deben ir tirando de las que conocen y haciendo hipótesis sobre el significado de lo demás). Es duro para ellos y a mí me hace sudar la gota gorda. Y a veces salgo de clase, después de haber practicado los números o de haber jugado a adivinar personajes, y pienso “¿¡qué demonios estoy haciendo con estos pobres muchachos?! ¡¿Y conmigo misma?!”.

Lo que más me alucina es que a pesar de todo lo que tienen en contra en un semestre terminan aprendiendo bastante, comunicándose con relativo éxito. Es lo que tiene el interés y el empeño personal. Aunque algunos se van quedando por el camino, frustrados y aburridos.

Si alguien tiene alguna recomendación o buena idea para encarar estas clases que no se corte. La agradeceré de mil amores.

Micro-actividades ELE (IV): estímulos visuales para…

¿Os toca presentar en clase el vocabulario de los muebles o utensilios de la casa? ¿la descripción de objetos? ¿las acciones cotidianas? Acabo de ver este proyecto y se ha disparado mi imaginación.

Lo normal es que el diseño esté pensado para solucionar un problema (A).

  • La taza donde podemos mojar galletas sin romperlas:
  • El jersey para poder caminar abrazado y calentito:

Pero (B) también podría usarse para hacernos imposibles actos cotidianos como comer:

Posible explotación de (A): se enseñan imágenes de los objetos, se describen, se reparten en la clase en pequeños grupos que trabajan en la campaña de promoción: se le pone nombre a objeto, se graba/redacta/representa un spot a lo teletienda: “¿Cuántas veces le ha pasado que al ir a mojar en el café su galleta preferida ha tenido que romperla…? Eso no volverá a ocurrir con la nueva taza…”

Posible explotación de (B): se enseña una galería con algunos de los objetos ¿qué tienen en común? ¿cuál os gusta más? ¿a quién se los regalaríais? ¿se os ocurre algún otro objeto incómodo?

Imágenes potentes como estas seguro que disparan la curiosidad y las ganas de hablar/escribir/hacer/imaginar/compartir de los estudiantes.