A vueltas con la expresión escrita en el aula de lenguas extranjeras

“En realidad, en la vida normal, cuántas cosas escribimos…”

Estoy dándole forma al artículo que recogerá mi participación en el Seminario de formación de profesores de ELE que el Centro de Estudios hispánicos de Sarajevo organizó en abril. Estuve hablando de un asunto que me interesa desde distintas perspectivas, la expresión escrita. En concreto cómo se trabaja esta destreza en el aula de lenguas extranjeras, planteando cuestiones acerca de lo que normalmente se lleva al aula como práctica de “expresión escrita” y enfrentándolo a lo que escribimos (y cómo, por qué, para qué…) fuera del aula.

Creo que las creencias de los profesores en general están estrechamente ligadas a sus experiencias como estudiantes y a su paso por la escuela y que las rutinas de nuestras clases de lengua (la materna sobre todo) en la etapa escolar impregnan nuestra actuación como profesores de lengua para extranjeros.

La frase que abre este post está extraída del trabajo de investigación que Guillermo Gómez (en las redes le conoceréis por su “Profesor en apuros” y su nombre de tuitero @cometa23) presentó como memoria final de máster: “Las creencias de los profesores de ELE acerca de la práctica de la expresión escrita“. Se reproducía la frase en la transcripción de la entrevista con la profesora que se prestó a ser su “conejillo de indias” para el estudio de caso (p. 75). En el trabajo, Guillermo se ocupa de contrastar el sistema de creencias de un profesor de ELE y su práctica en el aula a través de la observación de una clase. Las palabras que he entresacado me chocan. ¿Cuánto escribimos hoy en día? Mi respuesta no puede ser otra: nunca se ha escrito tanto como ahora. Otra cosa es el qué, el cómo, el por qué y el para qué.

Ando, pues, leyendo y releyendo textos sobre la expresión escrita como el de Guillermo para redactar mi artículo. Y también tengo que rescatar las reacciones y las intervenciones de los que participaron en la ponencia. Recuerdo que hubo debate porque algunos de los asistentes se resistían a considerar, por ejemplo, la comunicación de mensajería móvil como un tipo de texto digno de ser trabajados en el aula de ELE e insistían en la importancia del texto “de inspiración” más que la del texto “útil”. Mi postura no es la de desterrar completamete del aula la producción de textos de corte literario o periodístico (sin embargo, las “redacciones” sí deberían estar prohibidas). Lo que creo necesario es que toda actividad debe estar contextualizada y pautada de manera que sea realmente significativa. Y más la práctica de una destreza tan necesaria. De esa forma, tal vez evitemos que el estudiante se sienta estúpido escribiendo textos sin sentido, como yo en mi curso de bosnio de A1 (que terminé abandonando) donde mi profesora me ponía redacciones como esta de la foto, en la que tenía que describir a un personaje de mi país. Mientras hacía los deberes en casa -a regañadientes, pero es que no sabéis cómo se ponía la profes si no llevabas los deberes- pensaba que a mi profesora se le había olvidado explicarnos por qué, para qué, a quién, qué tipo de texto… teníamos que escribir.

redaccion

Y para tener más material sobre el que pensar, he montado un pequeño cuestionario que, si has llegado hasta aquí leyendo, seguro que no te cuesta nada contestar (no es necesario ser profesor para contestarlo, basta con haber estudiado alguna vez una lengua extranjera) ¡Gracias!

De enlace en enlace: De las TIC a San Agustín, pasando por Dakota del Norte.

Anoche, después de un fin de semana bastante desconectada, buscando setas y comiendo castañas en las montañas albanesas, antes de acostarme, abrí el twitter. Tengo que reconocer que no lo uso mucho, y que más que nada me sirve para seguir un poco lo que se cuece en el mundillo ELE y en temas educativos y de tecnología. Leí el otro día en algún lugar que en facebook uno tiene como amigos a los compañeros del colegio y en twitter uno sigue a los que le hubiera gustado tener (yo añado que además de como compañeros, como maestros).

Entonces, el preregrinaje de link en link de anoche que anuncia el título fue más o menos como sigue:

Twitter. Jordi Adell dejaba un enlace a una entrada en un blog en la que se proclamaba, entre otras tonterías, que el uso de las TIC podía acarrear “perjuicios neurológicos” , miopía (que eso ya me lo decía mi abuela cuando me veía leyendo) y hasta “mutación cerebral”. Hubo un par de comentarios de ida y vuelta, a los que se unió el gran Potachov (no os perdáis su comentario en el post), y de ahí salté a otra noticia que publicaba El País hace unos días, en la que se contaba cómo un profesor había sido despedido porque abusaba del blog en clase (la enlazaba Fernando Trujillo, otro grande).

El panorama educativo en España está revueltísimo y desde la distancia lo veo con bastante preocupación y mucha pena. De las pocas cosas que me consuelan, una es leer a estos y otros compañeros diciendo cosas sensatas, proponiendo, debatiendo, moviéndose, apoyando (lo último, la petición del sobreseimiento del Expediente Disciplinario abierto contra el profesor Ángel Sáez , que a finales el curso pasado inició una protesta y al que ahora se acusa de incumplimiento de sus funciones).

Salté del twitter a una noticia destacada en el menéame (la fuente de información favorita de mi compañero de aventuras, que había estado trasteando antes que yo en el portátil y se había dejado la pestaña abierta): un reportaje fotográfico estupendo sobre Dakota del norte, llena de lugares perdidos, abandonados y retratados estupendamente por el fotógrafo Andrew Filer.

Y en esa página un recuadro a la derecha llama mi atención: un debate sobre la enseñanza de la escritura en los institutos norteamericanos, a raíz de un artículo, The writing revolution, que reseñaba un programa llevado a cabo en 2009 en el instituto de New Dorp Highen, el que se propugnaba la enseñanza de la escritura formal (ensayos, argumentaciones…) de manera transversal, en todas las materias, como método para luchar contra el fracaso escolar.

El debate estaba servido y había opiniones para todos los gustos y de todos los colores. Los había que sostenían que había que “volver al viejo sistema de enseñanza tradicional de la gramática, y los ejercicios memorísticos y de repetición”, frente a esos modelos “modernos” donde los estudiantes escriben sobre sus sentimientos o sus experiencias vitales , rollo aquel profe- algo petardo interpretado pero resultón- por Robin Williams en El club de los poetas muertos y que ya estaba bien e escribir a mano, que los alumnos tenían ahora muy mala letra. Pero también otros hablaban de cómo la tecnología podía ser un buen aliado para el proceso de escritura del alumno y la corrección por parte el profesor.

Por otro lado, la parte “burocrática” que había desatado el proyecto del que derivaba el debate- resultados en test nacionales, estadísticas etc.-, me hizo recordar aquella temporada en The wire en la que el detective Pryzbylewski llegaba, reciclado en maestro, a una escuela de Baltimore [curioso como las series (o el cine, la ficción en general) funcionan un poco como un filtro a través del que vemos la sociedad de los EEUU].

Me interesa mucho el tema de la escritura, saber escribir (no juntar letras sino ser capaz de expresar ideas de forma coherente por escrito) es vital, no sólo para sacar buenas notas o subir en los resultados de los informes estatales. No creo que la dicotomía esté en la oposición “escritura formal” / “escritura creativa”. Pienso en mi enseñanza y no recuerdo a muchos profesores molestándose en enseñarnos a escribir. El ejercicio clásico era la “redacción”, sobre cualquier tema, como deber para casa, escrita sin muchas ganas, entregada al profesor y devuelta con un triste “visto”, o un “muy bien/bien/regular/mal” acompañado de círculos rojos en las faltas de ortografía. Pocas veces los que fueron mis profesores se molestaron en guiarnos en el proceso de escribir, o en darnos algo de feedback enriquecedor más allá de la palabra mal escrita o del acento que falta. Recuerdo uno en la escuela (y su método iba más por los cauces de la escritura de ficción que por la de los ensayos) y otro en la Universidad, el único profesor que me ha devuelto trabajos con comentarios, bien críticos en ocasiones, y orientaciones para mejorar la expresión escrita, y al que le estaré eternamente agradecida. El resto, sospecho que ni se leían los folios que les entregábamos. (Una vez hice una prueba: en el colegio, en medio de un trabajo escrito a mano y con buena letra, introduje la letra de “Pinocho fue a pescar al río Guadalquivir…” varias veces. La “seño” ni se inmutó).

Y salto de link en link, leyendo opiniones diversas, y me quedo, entre muchas cosas que leí, con el artículo de Jody Peltason en el que señala, como señalaba antes yo, que el debate no es “about teaching expository rather than creative writing” y que la solución tampoco es “volver a los métodos de la vieja escuela”, de la escuela de los “good old days” que, en realidad nunca existió. Y habla entonces de un término que me encantó , la “Nostesia“, mezcla de nostalga y amnesia relacionada con la creencia de que en educación, cualquier tiempo pasado fue mejor, y enlaza otros dos artículos en los que me detengo otro rato.

Reproduzco la definición de Nostesia, estupenda fórmula:

I have created the following equation to quantify the severity of an individual’s delusion:

A x O = NQ

A represents a person’s age. O is number of years he or she has been out of school. Multiply these together and you get NQ – the Nostesia Quotient. The higher a person’s NQ, the more advanced the disease and the less likely the person will respond to reasoned argument.

Y de ahí recuerdo las sempiternas conversaciones en mi casa (mis padres son los dos profesores y he estado rodeada de compañeros, amigos y familiares maestros toda mi vida) donde se discutía acerca de cómo las “generaciones anteriores” tuvieron una educación mejor  y más completa, de cómo se han ido aligerado o simplificando los contenidos,  de cómo los alumnos “de ahora” son más tontos que los de “antes”. Y entonces recuerdo un texto que mi padre me leyó una vez. En él se recogían unas críticas sobre los estudiantes, su mal comportamiento, su falta de interés y disciplina, etc. Mi padre, después de leermelo, me dijo: ¿A que no sabes quién es el autor?… San Agustín, en Las Confesiones. ¡Y sonaba tan actual!

Así que me pongo a buscar en google a ver si encuentro aquel texto que me leyó mi padre una vez y me veo, a las dos y media de la noche, leyendo en la cama, en el portátil, en Tirana, Albania, un texto escrito a finales del siglo IV.

[Sobre la enseñanza de la escritura ya me explayaré en otro post, que el tema da para mucho]