Los exámenes y saber leer

Septiembre [aunque ya sea octubre, esta entrada la empecé a principios del mes pasado y así he decidido dejarla] significa sacudirse la arena de playa que aún queda en las sandalias, volver a hacer maletas y regresar al tajo. Sigo en Tirana un curso más.

Para los profesores septiembre significa volver a clase y por la puerta más incómoda: los exámenes. Recuerdo haber tenido profesores de aquellos que te decían: “Esfuérzate un poco más y en septiembre te lo sacas”, acompañado de una “amistosa” palmadita en la espalda, y recuerdo haber escuhado también a algunos comentar: “Yo no suspendo a nadie en junio. Así se me alargan las vacaciones un poco más”  (“jojojo”, imagínese esta carcajada soltada con las manos en la barriga). Yo no soy ni lo uno ni lo otro (espero!) pero como junio fue bastante catastrófico (léase aquí) tenía unos cuantos alumnos esperándome al volver a Tirana.

Suelo poner las mismas preguntas que en la convocatoria ordinaria, a veces un poco simplificada, para dar facilidades, soy así de inocente. Pero he comprobado que da igual. Ante el examen, de lo que sea, y aunque haya estudiado algo, el estudiante medio sufre una especie de bloqueo que le impide pensar con claridad. Sólo así puedo entender situaciones como la del otro día, cuando la mayoria de las chicas que se presentaron al examen de una asignatura llamada “Literatura y cultura” (por qué la literatura no está dentro de la cultura?) dejaron la hoja en blanco y salieron cabizbajas sin haber escrito ni una línea. El examen presentaba cuatro textos distintos (no muy largos) y el estudiante tenía que escoger uno, comentarlo y relacionarlo con la materia vista en clase ¿Cómo es posible que un estudiante universitario de letras no sea capaz de escribir nada en un comentario de texto?

Yo recuerdo en mis años de estudiante haber salido del paso en muchas ocasiones simplemente parafraseando el texto de marras propuesto en el examen, cuidando la redacción y guardando las formas canónicas. Creo que a fuerza de repetir una y otra vez este tipo de ejercicios existe una especie de plantilla mental sobre cómo hacer un comentario de texto en la que simplemente hay que añadir en los huecos correspondientes el título, el autor y las palabras clave del texto. No digo que esto esté bien, sólo digo que sirve muchas veces, al menos, para aprobar. Pero no hay forma de rellenar la plantilla si no se sabe leer. Y ese tal vez sea el quid de la cuestión.

Si no sabemos leer, mal vamos. Y eso que leemos miles de textos al día- y entiéndase leer en el amplio sentido de descodificar y texto a cualquier producto verbal que contenga un mensaje (escrito u oral, acompañado de imágenes, gestos…); de los más comunes: conversaciones habituales, mensajes de móvil, carteles publicitarios, menús de restaurantes, emails… a los más específicos: prospectos de medicamentos, multas, convocatorias, reuniones, clases, entrevistas de trabajo, conferencias, películas, artículos de periódico, novelas, poemas…   Y ante cada uno de ellos identificamos (o deberíamos identificar) al emisor, lo que dice y lo que quiere decir, a través de qué medio se está comunicando con nosotros, desde dónde… (los factores de la comunicación clásicos, vaya). Si cualquiera de nuestros estudiantes sabe descodificar correctamente- de forma inconsciente- cuando lee, por ejemplo, el mail de un amigo, o cuando escucha la anécdota de un compañero de clase, ¿por qué ante un comentario de texto se bloquea? Probablemente porque no se haya planteado  nunca que la teoría que le han explicado en la clase de lengua no es una abstracción que tiene que aprender de memoria y vomitar en un examen. Y probablemente, como señala Felipe Zayas, parte de la “culpa” en esto la tengamos los maestros y los libros de texto:

… resaltar la importancia de estos conceptos [Acto de habla, funciones del lenguaje, género discursivo, registro…] no significa que los alumnos deban estudiarlos, es decir, memorizarlos y dar cuenta de ellos en un examen. Además, estos contenidos llegan al aula en forma necesariamente simplificada, se transmiten de forma dogmática, se apoyan en ejemplos estereotipados y alejados de contextos de comunicación reales, no se muestra la relación que existe entre ellos (lo hago en el mapa conceptual de arriba), no se vinculan a las actividades de lectura y de composición de textos, etc.

Con todo esto rondándome la cabeza empiezo las clases la semana que viene y le vuelvo a dar de comer al blog, que andaba algo abandonado.

Síndrome PostDELE I

Una de las cosas curiosas de participar en el tribunal de  los exámenes orales (en este caso para conseguir el Diploma de español, conocido como DELE) es que, de manera indirecta,  a través de quienes se presentan, puedes tener una especie de panorama de la sociedad (de sus costumbres, sus ideas, sus anhelos, sus inquietudes), o al menos de un sector de esa sociedad. Eso me ha pasado este fin de semana.

En Tirana no hay Instituto Cervantes pero nos ocupamos de los DELES unos cuantos profesores de español, albaneses y españoles, a través de la asociación cultural Casa de España en Tirana. Hace apenas unas horas que terminamos todo, burocracias y gestiones administrativas incluidas.

Han pasado por las pruebas una treintena de albaneses, casi todo chicas, algunas muy jóvenes, de 14 años, por ese empeño de los padres de clase media-alta de apuntar a sus hijos a mil extraescolares y hacerles competir para conseguir diplomas o títulos que ellos no pudieron tener y que sus niñas no necesitan (tan pronto).

Este es, a grandes rasgos, el perfil del albanés que se presenta al DELE: mujer, entre 16 y 28 años, conocedora de al menos otras dos lenguas extranjeras (italiano e inglés sobre todo) y en muchos casos autodidacta (vivan las telenovelas); ámbito urbano; nivel de estudios altos o intención de seguirlos;  posición económica acomodada (al menos el entorno familiar directo).

Escuchando durante horas a estas chicas hablando de sí mismas (A1), describiendo fotografías (A2), simulando conversaciones telefónicas  y explicando historietas (B1) o desarrollando temas como “un lugar para vivir” o “los medios de comunicación” (B2) uno termina conociendo a los albaneses un poco más y comprendiendo lo conservadora que es aun esta gente en cuestiones, por ejemplo, de género; lo ansiosos que están por abrazar “la modernidad”; el impacto que van dejando en estas jóvenes los modelos de la sociedad de consumo, de la que tan lejos vivió su país no hace tanto; la enorme distancia que existe entre quienes me hablan y la chica que vende bureks (una especie de hojaldre relleno de queso o espinacas) en el puesto de la esquina o, sin ponernos sentimentales, sus propios padres…

Durante los exámenes orales he estado pensando en cosas como estas: ¿por qué ante la viñeta en la que aparece una mujer sentada en un despacho estas chicas sólo veían una secretaria- que tenía, obviamente, un jefe varón- y no veían nunca una directiva, o una abogada o una empresaria?; o ¿por qué se quedaban alucinadas en esa misma historieta cuando “el marido” aparece cocinando?

“Los maridos no cocinan”, me soltaba una chiquilla de no más de 17 años, pizpireta y risueña, con todo su desparjajo, y que había elegido como tema para desarrollar “Las compras”. Yo no he podido evitar decirle: “Cómo que los hombre no cocinan? Mi padre cocina estupendamente…”

Esta claro que en exámenes como este se trata de evaluar la competencia comunicativa de los candidatos, no las creencias o la ideología, pero ¿se puede evaluar tan asépticamente? ¿Las opiniones que expresan los candidatos interferirán en algo en los resultados?

Recuerdo que una vez en Bucarest examinamos a un chico que era militar. Hablaba español estupendamente pero nos soltó unos comentarios racistas sobre “los moros” con los que había tenido la “desgracia” de convivir en unas maniobras que nos dejaron sin palabras. Cuando salió apenas discutimos sobre su calificación sino sobre lo alucinados que nos habíamos quedado y la cara de póker que tuvo que poner mi compañero en el momento. Y es que si esa especie de autocensura de lo políticamente correcto que se presupone (quién lo presupone?) en un contexto formal no está asumida, puedes esperarte cualquier cosa.

Por otra parte, ¿qué tipo de imagen (de España? de Europa? del mundo hispano?)  transmiten los textos o las fotos que se utilizan como estímulos para desarrollar las distintas pruebas?

En los exámenes B1  y B2, que todavía no se han cambiado, se siguen usando desde hace una década los mismos temas para preparar la exposición oral y los mismos materiales gráficos. Ya he comentado alguna vez en este blog la dificultad de algunos examinados para interpretar esas horribles historietas, que deben explicar y describir. Si no se comprende el lenguaje del cómic, mal podrá superarse con éxito esta tarea. Lo mismo si los modelos culturales o los clichés sociales/contexuales que se proponen no se comparten.

En los nuevos formatos del resto de niveles se intenta presentar temas “más actuales” o “más atractivos” pero ¿qué puede saber, por ejemplo, de los “neo-rurales” una veinteañera albanesa? Y con los mismos materiales que usan mis jóvenes albanesas, se examinan jóvenes chinos o canadienses, brasileños o indios. Señores encargados de estos asuntos, creo que habría que hacer un esfuerzo por diseñar materiales con una perspectiva (más) intercultural .

(sobre los DELEs, habrá más)

Qué bien canto en Esperanto

La Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Tirana (supongo que la de todos los sitios en realidad) es una pequeña Babel en la que se oyen una decena de lenguas, en las aulas, en los pasillos, en los cafés…

Inglés, italiano, alemán, francés, español. ruso, búlgaro, griego, turco y chino! No está nada mal. Los albaneses tienen a gala su condición de políglotas. Mis estudiantes se manejan con bastante soltura al menos en 4 lenguas (contando la materna). Me atrevería a decir que más de la mitad de la población habla italiano y la mayoría de los jóvenes inglés. La televisión, el contacto con los países vecinos, la emigración… son algunos de los “culpables”.

Para añadir una lengua más, el otro día apareció en la universidad un grupo de… esperantistas!

Eran unos ocho, hombres y mujeres, holandeses o alemanes, no me enteré muy bien… y llevaban unas pintas de viejos hippies muy divertidas, que contrastaban con la uniforme moda juvenil tiranesa primavera-verano made in china. Si mi aspecto (bastante normal, creo) ya llama la atención, imaginad el de estos viejetes barbudos y despeinados, vestidos de colores, que a medida que avanzaban por los pasillos de la facultad levantaban a su paso risas y comentarios nada disimulados.

Los esperantistas son unos tíos curiosos y tienen una red internacional montada que permite, por ejemplo, viajar por todo el mundo de casa en casa. Entre esperantistas hay que ayudarse. En internet podéis encontrar información sobre la lengua, las organizaciones de esperantista, sobre publicaciones, jornadas, etc aquí. Supongo que estos estaban en Tirana de paso en algún viaje para captar adeptos a la causa. Sukcesan vojaĝon! (que tengan buen viaje, en esperanto)

Yo me los crucé también por el pasillo, no me quedé a la charla porque estaba terminado de maquetar esto (ya contaré más) pero el resto del día estuve cantando esta vieja canción de Los Enemigos:

Qué bien canto en esperanto
Cómo chano hablando italiano
Qué bien leo en arameo
Aunque algo brusco también leo etrusco

Me río
de aquel
castigo
en Babel

En la mili aprendí suahili
Un borracho me enseñó el gabacho
Un día de huelga aprendí a hablar belga
Soy tan obtuso que también sé ruso…

 

Escribir para algo

En el colegio siempre odié la típica redacción “escribe lo que has hecho las vacaciones pasadas” (o el fin de semana, o el verano). Se dejaba fuera elementos importantes a tener en cuenta a la hora de escribir: a quién escribes, para qué le escribes (y a través de que medio le escribes, pero eso es otra historia)…

En los manuales de español que hay en el mercado se contextualizan algo más las tareas de expresión escrita.

Imagen(En Bitácora) ¿A quién hay que escribir? ¿Por qué en español?: A un español que visita el país natal del alumno. ¿Para qué? Para informarle sobre X cosas. Muy bien.

Pero si observamos el ejercicio “escribe un pequeño texto presentándote” propuesto aquí (Español en marcha):

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“¿Para qué me tengo que describir, si ya me ven?” Debe pensar el estudiante ante un ejercicio así. No hay motivo para escribir.

La misma propuesta aparece en este otro manual (Aula 1):

Imagen

Pero esta vez hay un propósito: Los textos escritos por toda la clase se mezclan y se leen. Hay que adivinar a quién se describe. Vale, sirve el pretexto del juego.

Con esta preocupación por buscar tareas de escritura “reales”, y con la tecnología de nuestra parte, que nos permite participar en la “gran conversación”, se me ocurrió proponerles a los chicos de “Comunicación turística” escribir pequeños textos para dar contenido sobre Tirana en mimaleta.com, una comunidad de viajeros. El resultado lo iremos publicando aquí.

Viene todo esto a cuento porque me han encasquetado para este semestre una asignatura llamada Escritura Académica. “Otra vez una asignatura nueva. Venga, otra vez a romperse los cascos”, pienso resoplando al principio. “Un nuevo reto”, me consuelo. “Y además es una asignatura útil e interesante”.

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Saboreando las palabras

Últimamente le estoy dando vueltas al hecho de vivir rodeado de una lengua distinta a la materna (y al hecho de escribir en otra lengua, pero eso es otra historia). A pesar de que en Tirana me relacione sobre todo en español (en el trabajo, con muchos de los amigos, hispanohablantes en su mayoría, nativos o no), esas cosas del día a día como ir al mercado, saludar al portero del edificio, ir a correos o comprar tabaco las hago normalmente y ya sin complejos en albanés. Digo frases correctas, me comprenden y consigo lo que quiero. Pero en vacaciones vuelvo a casa y entonces empiezo a saborear las palabras de mi lengua, como si fuesen lacasitos de colores.

Un ejemplo: Acabo de venir de comprar el pan.

– ¿Qué te pongo, guapa?

– Una barrita. (Con ese diminutivo de cortesía tan majo que tenemos)

– Ahí tienes.

– ¿Qué te doy? Pregunto con unas monedas en la mano.

El señor que estaba delante de mí, dice entre risas: un beso, o una paliza…

La dependienta y el resto de gente que espera su turno sonríen. Alguien añade en voz alta: no hombre, una paliza no…

Estas cosas en albanés no las puedo saborear. Allí cumplo con éxito las funciones comunicativas como salen en los manuales de idiomas (En la tienda, para preguntar el precio: “¿cuánto cuesta? ¿cuánto es? = sa kuston?”), pero no hago chascarrillos con los vecinos en el portal o con los tenderos, ni puedo participar cuando alguien los hace.


Por eso durante las vacaciones, en casa, pego la hebra con todo el mundo, con las personas que me encuentro en la cola del cajero, en un ascensor, con el señor del estanco, con la cajera del día… Y así saboreo esas palabras, esas frases que, cuando estoy lejos, rodeada de na lengua extraña (por “extranjera”) se quedan atragantadas y sin pronunciar, sin encontrar correspondencias.

Las palabras que faltan

Últimamente he estado leyendo algunos textos sobre el enfoque del léxico en el aprendizaje de lenguas extranjeras y además me ha tocado ocuparme de la traducción al español/revisión de un par de textos para el aprendizaje de albanés. Así que ando dándoles vueltas a estas cuestiones.

De los textos que me han encargado, uno es un manual de esos de “aprenda X sin esfuerzo” y el otro forma parte de una guía de conversación multilingüe.

El manual original que ma ha tocado traducir al español es infumable. Abre con unas páginas de información sobre la lengua (origen, fonética, morfosintaxis) con explicaciones tan irrelevantes como “Las oraciones interrogativas sirven para hacer preguntas” y tan confusas que dudo que quien se moleste en leerlo pudiera entender algo. El resto está montado a partir de pequeños diálogos, estereotipados y artificiales, y de temas tipo “en el restaurante” o “el tiempo libre” y de ejercicios de huecos y de transformación. Cuando le comenté a quien me hizo el encargo que en el manual “se había quedado anticuado”  (por ser educada y no decir que era una mierda) me dijo: Sí, tienes razón, pero es lo que tenemos… Y cuando seguí explicándole que, por ejemplo, no tenía sentido hacer una lección con el título de “en la estación de tren” y diálogos sobre horarios de trenes, andenes, revisores… porque en Albania nadie, pero nadie, viaja en los abandonados trenes postcomunistas me contestó: “Bueno, ya, pero aunque nadie viaje en tren, sí que existe”.  He hecho lo que he podido.

El otro encargo era corregir la parte albanés/español y español/albanés de lo que supongo será una guía de conversación multilingüe (ahora que por fin los albaneses pueden irse de turismo por la UE). Después de echar un ojo a las primeras páginas me di cuenta de que era una traducción cutroncísima del inglés, porque ningún albanés ni español tendría nunca la necesidad de pedir en un bar de Albacete o de Elbasan “peshk me patate”, o sea pescado con patatas, pero sí pedirían “fish and chips” en Stratford-upon-avon. Y porque lo del “boleto/billete redondo” sonaba sospechosamente a “round trip”. La selección de vocabulario y expresiones es tan pobre que, por ejemplo, ningún turista español encontraría en la sección de “restaurante” de su guía cosas tan típicas como el raki (aguardiente) ni los qoftes (especie de filetes rusos alargados  y a la parrilla) o el byrek (un tipo de hojaldre con relleno salado) o al intentar presentarse y repetir la frase del librito recibiría como respuesta caras de “¿pero qué dice este guiri?” porque en vez de decir “quhem filan” (“me llamo fulanito”) diría algo como “mi nombre es…”, que es la traducció literal de “My name is…”, construcción posible en albanés (y en español) pero inusual.

Mis sugerecias esta vez también han caído en saco roto: “Limítate a corregir la ortografía y las palabras masl traducidas, pero no añadas ni quites nada”. Por lo menos he negociado que me paguen un poco- muy poco- más.

Qué cutrez.

Por otra parte, con mis chicas de A1 estuvimos haciendo el otro día repaso de lo que hemos visto con un ejercicio muy práctico: rellenar el perfil de facebook de un personaje que nos estuvimos inventado. Ahí sale todo lo que se debe saber en A1: datos personales, descripción física, uso del presente… Les encantó hablar de facebook en clase (lástima de conexión a internet, que no tenemos, así que lo hicimos en papel) y fue una actividad útil de verdad.

¿ No se trataba de que el alumno (sus necesidades e intereses) fuese el centro del proceso de enseñanza y de que las actividades reprodujeran situaciones de comunicación reales? Este tipo de ejercicios debería estar en los manuales, en las primeras lecciones, y también palabras como “nombre de usuario”, “abrir cuenta”,  “contraseña”…  Otra vez, hablando de lo que llevan en el bolso, mis chicas sacaron otras palabras que no están en los manuales: compresas, pañuelos de papel… Sin embargo en la página 5 del manual que usamos (y que en general no está demasiado mal) salen las palabras tiza (en mi aula la pizarra es de rotulador, pero esta palabra no venía), sacapuntas , regla…

Para terminar, una sugerencia para autores de manuales: En la lección de las conversaciones telefónicas, cambien los diálogos. El de ahora es, mayoritariamente a través del móvil y empieza así: A: ¡Hey, hola! / B: Hola, ¿dónde estás?… Ya no hay Diga ni quién es. Y expliquen como se dice llamada perdida, mensaje, “hazme un cuelguing”…

En clase de A1

Hacía bastante tiempo que no daba clase a “debutantes”. Inicial se dice en albanés “fillestar” y siempre me ha hecho mucha gracia eso de “star”: como la “barbie superstar”, pues el nivel “superstar”. Desvaríos aparte, he aquí la crónica de las impresiones de las dos primeras semanas de curso:

Tengo cuatro alumnas, todas veinteañeras, universitarias y políglotas. Estudian español porque les gusta y porque tienen amigos hispanohablantes (creo que la palabra “amigo”, en estos tiempos de facebook que corren, debería revisarse). En clase me hablan- y se hablan entre ellas- bastante en albanés. Yo les hablo en español todo el tiempo, pero no se me ocurre prohibirles hablar en su lengua, como he escuchado por ahí alguna vez a algún profesor.

Una de ellas estaba preocupada. “¿Cómo vamos a entenderte todo el tiempo en español, si no sabemos?”. Lo primero, pues, hacerles conscientes de lo que ya saben. Y saben mucho porque ven telenovelas, escuchan música en español, saben italiano y francés… Eso ya es saber un montón para empezar. Así que la clásica lección del abedecedario y tal la hacemos a partir de nombres propios en español que conozcan: comidas, bebidas, lugares, políticos, escritores, actores,cantantes, futbolistas. Y así salen el tequila, la cerveza, la tortilla y la paella; Barcelona y Valencia; el Ché Guevara, Fidel Castro y Zapatero; Isabel Allende, García Márquez y Cervantes; Javier Bardem y Penélope Cruz y Julio Iglesias y Enrique Iglesias…

En cuanto les pongo las típicas frases para la clase: ¿Qué significa? ¿Cómo se dice? ¿Cómo se escribe? empiezan a bombardearme a preguntas. Tengo que echar el freno muchas veces, aunque otras muchas reconduzco sus “inquietudes” hacia donde me interesa a mí, pues tampoco es plan de que la clase se convierta en un chorreo de vocabulario inconexo.

Para guiar sus ganas de saber palabras, les pedí que en casa se preparasen como deberes “¿qué hay en tu bolso?”, y que usaran un diccionario para las cosas de las que no sabían el nombre. Y en la clase siguiente salieron algunas palabras que no salen en las primeras lecciones y otras que ni aparecen en los manuales, pero que son las palabras de su mundo: chicle, maquillaje, pintalabios, barra de cacao (protector labial) – las albanesas son muy coquetas y sus bolsos son un pequeño arsenal de perfumería- móvil, pañuelos, “pincho” usb, monedero, compresas… Y además practicaron los números, y la selección de los artículos apropiados (el albanés  se declina, con lo que, de alguna manera, su “artículo” va pospuesto e integrado en el sustantivo, así que tienen que aprender a usar correctamente el artículo determinado/indeterminado). Si llego a conocer esto antes, o esto otro, me había montado una actividad estupenda y les habría encantado! (igual para la semana que viene).

Van deprisa, muy deprisa, mis chicas y quieren ir más deprisa. Recuerdo una vez que un albanés me preguntó que en cuanto tiempo podría aprender español. “Pues…, depende de muchas cosas: del tiempo que le dediques, del interés que le eches…”. La verdad es que no sabía muy bien qué decirle. O eso debía pensar él. “¿En un mes?”, me dijo. “No hombre… un mes es poco”. “¿Poco?”. El tipo estaba indignado. Un mes, para él, que ya habla inglés, griego, italiano y polaco, tenía que ser suficiente.

En la clase de ayer, la tercera que damos, mis alumnas, con lo que traen de serie, rudimentos de la pronunciación y nociones básicas sobre la formación del masculino/femenino y singular/plural, con los modelos de las tres conjugaciones y los verbos ser, estar, tener, ir y saber, fueron capaces de leer un texto, entenderlo, hacerme preguntas y comprender cosas sobre la organización administrativa de España (en el aula hay un mapa enorme con sus comunidades autónomas de colorines), sobre las lenguas- “¿el catalán es un dialecto del español?”, me preguntaban con curiosidad- sobre “¿qué pasa en el País Vasco?”… Y me sabían contestar a mí, cuando les devolvía las preguntas: “¿Y cuántas lenguas se hablan en Albania?, ¿Cuál es el lugar más bonito?”.

Ayer al acabar les dije: “¿Veis la de cosas que sabéis hacer con sólo dos semanas de clase?”. Creo que si se presentaran, después de las 6 horas de clase, al DELE de A1 lo sacaban sin dificultad.