Mediterráneos

Es el título de un libro de Rafael Chirbes que estoy leyendo. Venecia, Djerba, Estambul, Valencia…
Y como parece que los libros que elegimos al azar se entrelazan caprichosamente entre sí y con los sucedidos, los últimos fines de semana en el país de las águilas los pasé en las escondidas playas desiertas de la costa albanesa y, a la vez, en Alejandría, entre las páginas de Maurizio Maggiani y el orgullo del petirrojo (en italiano).

Dice Chirbes: “con el paso del tiempo, he llegado a muchos lugares y he tenido la impresión de que todos los viajes me servían para leer mejor el lugar originario”. Y que en esos lugares los ecos y espejos nos devuelven siempre a nosotros mismos. Dice que “al fin y al cabo, a fuerza de dar tumbos por el mundo uno ya ha aprendido que un viaje se resume por lo general en un solo instante, en un destello que justifica el ajetreo de maletas, esperas, incomodidades y horas de vuelo”. Y yo me pregunto, con él,
¿cuál fue el momento que dio sentido a los demás en este viaje? A esos momentos los llama “momentos gozne”.
Este verano, en lugar de ser tiempo de grandes viajes, es tiempo de detenerse en el tablero en la casilla de casa y viajar leyendo y buscar esos momentos que dan sentido a vivir tan lejos, a aprender otras lenguas, a conocer a otras gentes.
Y a descansar.
Felices vacaciones.

Había una vez un proyecto II

Así terminaba el post que escribí hace unos cuantos meses:

    …Las emisarias, antes de irse, pusieron unos deberes (currarse unas buenas guías docentes con salsa bolognesa) y prometieron a los profesores muchos regalos (y una pizarra digital!) si los hacían bien. Y en esas andamos. A mí me toca observar, informar, organizar, animar, gestionar y enderezar entuertos, todo por la módica suma de … (en fin, eso daría para otro cuento) euros.

Acaba el curso y como estamos a medias del proyecto, aquí está el prometido “continuará”:

Pasaron los días y a la pequeña universidad empezaron a llegar algunos de los Sabios, con sus maletas cargadas de libros, con sus consejos, con sus cartapacios… Y los jóvenes estudiantitos se sentaban, semana sí semana no, con la boca abierta a verles hacer sus fórmulas mágicas de fonemas y alófonos; o de repúblicas y guerras; o de complementos directos e indirectos. Abracadabra, pata de cabra, transposición por aquí transposición por allá…
Mientras tanto la mayoría de los profesores asistía a estas ceremonias con desgana, bostezaban sin pudor, escurrían el bulto, se hacían los longuis. Sólo cuando les afectaba directamente se ponían firmes y acogían a los sabios y les prestaban atención. Y entonces aprendían y veían con otros ojos lo que tenían delante, y pensaban, vaya, el proyecto este, al final servirá para algo de verdad…
Las emisarias, de vez en cuando, preguntaban, esperazadas: ¿cómo va todo? ¿qué tal los resultados? ¿están todos contentos? Y el hado madrino también preguntaba: ¿está dando frutos mi idea? ¿habéis colgado ya mi foto en el lugar de honor? ¿no se estarán escaqueando los profesores? ¿tengo que ir a poner orden? Y la pobre coordinadora respondía. sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí… no, no, no, no. Todo va bien. Puede ir mejor, pero va bien. Yo me encargo. Y a la vez les decía a los profesorcitos: ¿os ha gustado el primer plato? ¿y el segundo plato? ¿qué vais a querer de postre? y ¿qué vais a querer comer mañana? Pero casi nunca recibía respuestas. O las respuestas eran: pues, lo que tú veas, como tú quieras. Yo como de todo. Así no había manera de hacer un menú.
El curso avanzaba y avanzaba. Y hubo grandes fastos para honrar al día del libro. Y hubo hasta teatro. Pero el cansancio se acumulaba Y el hastío empezaba a hacer mella en los poco motivados profesorcitos. Para colmo, los prometidos regalos se retrasaban. Los manuales y los ordenadores se resistían a cruzar el mar alegremente y cuando por fin llegaron ya nadie mostró ninguna emoción, ni por los esperados libros ni por la supermoderna pizarradigital.
Y en estas llegó la última Sabia, una brujilla buena que venía a compartir su sabiduría, a ponerles en encrucijadas, a despertar a los profesorcitos del sueño, a sacarles de sus algodones y a sacudirles las conciencias. Y eso no les gustó: estamos cansados, ella lo sabe todo y nosotros no sabemos nada, así que hablamuchoquenotescucho, nosotros ya somos profesores, no estudiantillos. ¿Quién se habrá creído que es esta brujilla? ¿y esa pobre y cenicienta coordinadora? ¿quién le ha dado permiso para decirnos qué debemos hacer? Ante el comecome generalizado, la Decana Buena se puso su disfraz de Jefa Chunga y bajó a tirarles de las orejas a los profesores díscolos. Y tanto les tiró que algunos ahora se dan sombra con sus propios pabellones auditivos. Y, claro, eso está feo.
Total, que el proyecto, como un animalillo asustado, arrugó la nariz y se quedó encogidito en su madriguera de fin de curso, durmiendo y descansando para hacer frente a lo que le espera.
Y esta coordinadora se sacude el polvo y los sapos que algunos profesores le tiraron al ver que hacía su trabajo, guarda sus achiperres y se va de vacaciones, que está muy cansada.
Antes, eso sí, reparte regalos a los que se han portado bien. Porque si unos no se lo merecen, otros sí.

Hace dos años

Hace dos años escribí esto.
No han cambiado mucho las cosas. Ya ha empezado el calor, los puestos de fruta callejeros se llenan de fresas y cerezas, la oposición está de manifestaciones (con huelga de hambre incluida). Los alumnos se revuelven inquietos en sus asientos en clase y yo les convenzo de que cinco minutos más y ya acabamos. ¿Cosas distintas? Esto, y esto. Y muchas otras cosas, en realidad. Pero, leyendo lo que escribí hace dos años tengo la sensación de que todo es cíclico.

Esto lo escribí hace bastante más tiempo:
“No es la primera vez que vuelvo, me he marchado muchas veces y siempre regreso. Condenado para siempre por haber lanzado la moneda en el pozo equivocado o en la fuente monumental de cualquier ciudad del mundo, rodeado de turistas que también lanzan la suya. Clin, clin, clin, clin en muchos idiomas, o en uno solo, el del dinero.
Dicen que durante muchos años todo el dinero que los visitantes arrojaban a la Fontana de Trevi era recogido por un mendigo de la zona. Luego il comune decidió que no estaba bien que una sola persona se estuviera haciendo rica a costa de las bellezas de la ciudad y de la estupidez de los turistas. ¿De dónde ha salido esa absurda costumbre de arrojar monedas al agua? ¿En qué película aparece? Vacaciones en Roma, La dolce vita, ya estamos con las películas…
Yo me he convertido también en el mendigo recogefortunas de mi Roma particular, el mendigo de la única moneda que permanece en el fondo de un cubo de playa. La recojo por la noche cuando nadie me ve. Y la vuelvo a tirar al cubo. Hace un pequeño plop y se deposita en el centro, esperando a que mi mano la rescate. No me hago rico, pero regreso una y otra vez, soy el eterno retorno. Y me volveré a largar. “

El real madrid y la gripe.

Como decía aquel, lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal. Estos días en España se ha hablado en los medios de Albania porque el Real Madrid vino a jugar un partido por el que se ha embolsado un suculento botín: 2 millones y medio de eurazos. El dueño del dinero, un millonario turbio que acaba de salir de la cárcel por pegar a un periodista, que vende gasolina adulterada y se divierte gastando su plata en traer a su equipo de fútbol favorito, como un niño caprichoso. Dinero manda.

La crónica del “partido” habría sido normal de no ser por el apagón de más de una hora que dejó al estadio a oscuras. Lo que en España se ha contado como un punto crítico, divertido o anecdótico ( el Madrid hace caja, el Madrid se queda a oscuras, ¿qué pinta el Real Madrid en Albania?) en Albania se ha vivido con bochorno y he escuchado cosas como “vergüenza nacional” (y es algunos “tiran con bala“) y multitud de explicaciones, desde teorías de la conspiranoia varias sobre boikots de la oposición  o cosas más peregrinas, hasta que la culpa la tuvo un ratón que se metió por entre los cables de los sistemas eléctricos.

Pero es que en Albania se va la luz, eso es un hecho y no un chascarrillo. En la facultad la electricidad va y viene, con lo cual las clases diurnas se dan bajo el constante parpadeo de los fluorescentes que se encienden y apagan ríticamente, y las clases a partir de las 4, que es cuando empieza a atardecer, a veces ni se dan. Trabajar con un ordenador es una odisea y pasar un rato sentado en el departamento intentando trabajar en estos fríos días que nos están tocando es un acto de heroísmo. Así que he cogido la gripe.

Copiando voy, pegando vengo. Por el camino yo me entretengo.

Antes de las vacaciones les dejé a mis alumnos de Tipología (una asignatura que hay que elaborar a base de “trabajo de la comprensión lectora y la expresión escrita” y de “lingüística textual”, en pequeñas dosis listas para su consumo) una tarea muy simple: como estábamos leyendo unos textos sobre internet bastante desfasados les encargué que redactaran un pequeño texto sobre alguno de estos temas: las redes sociales, los blogs, los wikis, los sitios tipo “youtube”. Todos los estudiantes pasan bastante tiempo al día pegados al ordenador: tienen correo electrónico, publican y comentan en el blog de español, cotillean y hacen test estúpidos en facebook. Sólo tenían que buscar un poquito de información (cuándo se crearon, cómo surgieron, algunos datos sobre número de usuarios…) y escribir sobre lo que ya conocen.

Vuelvo fresca como una lechuga, llego a clase y recojo sus trabajos (unos a mano, otros a máquina). Por la tarde, en casa, los saco de la mochila y les echo un vistazo mientras me fumo un cigarro… El cigarro se me consume solito en el cenicero mientras paso las hojas ojiplática: artículos enteros de wikipedia sin siquiera quitar los hipervínculos, trabajos con el nombre del autor original en primera línea, textos copiados literalmente pero escritos “a boli”, a ver si cuela…

Si no me hubiese pasado el semestre intentando hacerles entender que la información que sacamos de internet, o la reelaboramos o la citamos y comentamos o si no no sirve de nada; si no les hubiese entregado cada redacción que hacen en casa corregida, comentada, aconsejándoles cómo mejorarla; si no les hubiese repetido una y otra vez “no tiene sentido que copieis sin más palabras que no entendeis”; si no les hubiese demostrado, entre bromas y veras, que copiar “sin que lo note el profesor” es todo un arte… (coño, es que ni picardía para plagiar tienen);  si me hubiera pasado el curso como un profe robot, sus trabajos no me sorprenderían.

Pero es que uno de mis objetivos con estos chavales que, entre café y café, se dejan caer por la universidad era aprender a usar la red – nuestra biblioteca (a falta de una real), nuestra ventana a la información y nuestro medio de comunicación y expresión- de manera constructiva, crítica, creativa; y me he devanado los sesos  proponiéndoles tareas distintas a “completa las frases con las palabras del cuadro” o “haz una redacción sobre las ventajas del transporte público”, e incluso más allá del “buscad en internet la biografía de fulanito de tal o información acercad de la ciudad de Barcelona” (tarea “superinnovadora” en la que el copiar/pegar está más que justificado). El miedo al copy paste, que no es nuevo, porque antes de la era digital también existía- se hacía manualmente-, se conjura planteando tareas en los que más que reproducir, haya que producir.

Cuando les devolví sus trabajos y les dije lo decepcionada que estaba me miraban sin entender. “Pero, ¿si ya te hemos entregado lo que nos habías pedido?”- debían pensar. ¿Yo les había pedido eso? No sé, quizá me expliqué mal, quizá no me entendieron, quizá en albanés escribid se dice igual que plagiad… quizá estén acostumbrados a que ningún profesor se lea sus trabajos, quizá…

Se lo cuento con bastante humor a algunos profesores en una de las pausas entre clase y clase. Grandes exclamaciones de “pero cómo es posible”, “si es que no hacen nada”, “ay que ver” y manos a la cabeza…

Dos días después, movida por circunstancias ajenas, me veo obligada a revisar las guías docentes que nos ha tocado preparar para cada asignatura, y descubro, ya casi sin sorpresa y hasta divertida, que algunos profes las han redactado a base de retales. No nos engañemos, ni nos rasguemos las vestiduras, copiar no tiene nada de malo si se hace con sentido, yo también he cogido prestadas algunas competencias y objetivos de otras guías, pero con conocimiento de causa, intentado que el conjunto sea un todo coherente y no poniendo uno tras otro fragmentos literales que además se contradicen entre sí…

A los alumnos les puedo echar una pequeña bronca y sentarme con ellos a escribir “de verdad”, a seleccionar la información, a usar los datos que han recopilado… pero ¿ a los profesores? ¿Quién enseña al “enseñante”?

Sospecho que, como siempre, la culpa es del “sistema”: para los alumnos, las prácticas enquistadas y los malos hábitos, las temidas notas, los miedos a “si no entrego el trabajo me suspenden”… Para los profes, lo acostumbrados que están a rellenar maquinalmente informes y programas que sienten sólo como una pesada burocracia y que, efectivamente, nadie se molesta en leer.

Uffffff

P.D: El año pasado trabajaba con un grupo en un blog y ante sus indiscriminados copia/pega, les propuse un ejercicio para parafrasear o decir lo mismo con otras palabras. Me contestó una alumna aludida, como si le estuviera reprochando un pecado gordísimo:

“Isabel, perdoname pero yo no he hecho copy-paste, nunca.Tienes razon por algunas frases y palabras, pero yo solamente me he basado en el articulo escrito. Pero, copy paste no haria nunca.Algunas frases y palabras les deje como astaban para no cambiar el sentido de las palabras”.

Yo le dije esto:

“No es un crimen copiar y pegar,de hecho es muy común y nos facilita mucho las cosas. Yo copio y pego a menudo, porque es un medio rápido para trabajar con textos, pero si dejo frases o trozos idénticos los pongo entre comillas y cito las fuentes. No te preocupes. Aquí la cuestión es  ¿sabrías decir “Los agentes abrieron fuego para repeler la agresión” con tus propias palabras? Hasta ahora ninguna me ha dado una solución.”.

Había una vez un proyecto…

Hablaba el otro día de un proyecto en el que ando metida y prometía una explicación un poco más extensa. Et là voilà!
Había una vez un país en el que el español no estaba presente en los planes de estudio de ninguna universidad, ni instituto, ni escuela, ni guardería… Sus habitantes estaban condenados a aprender español viendo telenovelas argentinas, mexicanas y venezolanas y, aunque sólo decían cosas como “chévere” y “boludo” y “chido” y “te amo, mi amor” y “estoy embarasada” y “si no eres mías no serás de nadie” estaban contentos y felices.

Entonces llegaron desde las españas unos señores con traje y corbata, se sentaron con los autóctonos, que también llevaban traje y corbata, y firmaron unos papeles gracias a los que, a golpe de pluma, el español, por arte de magia, ya estaba en la universidad. Pescaron a unos cuantos de los pocos que habían estudiado español en los años en los que todo el mundo estudiaba francés, ruso o chino, les quitaron el polvo y les nombraron profesores, como quien nombra a un caballero andante: “Yo, por el poder que me confieren Cervantes, García Márquez, Almodóvar e Isabel Allende, te nombro profesor de español. Viva la selección española de fútbol y la transición española, viva Shakira y el jamón serrano! Que así sea!”. Y los pobrecitos profesores repescados, cual cenicientas universitarias, tuvieron que instalarse en un rincón del departamento de italiano y bregar con las asignaturas más marías: las segundas y terceras lenguas.

Sin embargo, un día fueron visitados por un hado madrino que les prometió un departamento para ellos sólos. “Pero es que no estamos preparados para ser independientes, déjanos crecer un poco más”, le respondieron los profesores con sus matrículas de doctorado bajo el brazo. “No, no, no, no, no, no”, dijo el hado madrino con las manos debajo de sus sobaquillos, “que ya está firmado”. “Pero es que hay que convencer al (mal)genio del rectorado”. “Eso está chupao, le invitaré a comer. Nadie se resiste a los platos de mi cocinero”. “Pero ¿cómo vamos a ir al baile de los otros departamentos vestidos así? Si no tenemos más que estos harapos…”, replicaron los profesores mostrando su ordenador a pedales con el teclado en cirílico y sus estanterías llenas de telarañas. Entonces el hado madrino agitó su varita mágica y, tras una lluvia de papelotes, emails y llamadas de teléfono, surgió un proyecto con una universidad española, y el sello de la AECID, que les traería, no sólo libros y ordenadores y fotocopiadoras nuevos – “pagados con el dinero de los contribuyentes”, añadía el hado madrino suspirando y haciendo girar la pajarita amarilla que llevaba al cuello- sino, además, la visita de los sabios-expertos que les ayudarían a subirse “a hombros de gigantes”.
Así que, con unos meses de retraso, porque no lograban situar al pequeño país en el mapa, dos emisarias de la generosa universidad llegaron a la pequeña universidad del pequeño país. Y allí vieron, escucharon y respiraron el mismo aire que los profesores de español y una dijo cosas como “estamos muy ilusionadas, satifechas y supermotivadas” o “movamos nuestras sinergias” o “vivan los estándares europeos y las TIC y la excelencia”. Pero la otra dijo “esfuerzo, calidad, contenidos, seriedad, estudiantes, trabajo, trabajo, formación, formación, expectativas, necesidades, resultados…” Y todos, los profesores, full y part time, los becarios, el hado madrino, la decana buena, las emisarias, los jóvenes estudiantitos de español…, todos se pusieron muy contentos y brindaron con champán.

Las emisarias, antes de irse, pusieron unos deberes (currarse unas buenas guías docentes con salsa bolognesa) y prometieron a los profesores muchos regalos (y una pizarra digital!) si los hacían bien. Y en esas andamos. A mí me toca observar, informar, organizar, animar, gestionar y enderezar entuertos, todo por la módica suma de … (en fin, eso daría para otro cuento) euros.
continuará…

Monsieur Rivette. Extrañas conexiones.

Monsieur Rivette es el personaje de una historia que llevo escribiendo desde hace mil años y que no sé si alguna vez terminaré. Así sale por primera vez en el “mecanoscrito” (porque no suelo escribir a mano):

Cada película es…, es, cómo decirlo, un complot, confesaba tímidamente Paul Rivette en un extraño documental-paseo-conversación grabado para el nosecuantos aniversario de Cahiers du Cinema que vimos un día por casualidad en la tele.

Más adelante cuento el argumento de algunas de sus películas:

Cada rodaje era una tortura para todos los que le rodeaban, los actores recibían sus frases minutos antes de empezar a rodar y siempre eran frases como sacadas de un libro de aprenda español o chino o polaco usted mismo. Así que no sabían en qué tono decirlas o a quién.
Julie Martel lo contaba en sus memorias: Mi parte de guión- mutilado- en Party night no tenía ningún tipo de anotación explicativa. Es más, en la película no había ninguna fiesta ni party ni nada. Yo soltaba una especie de monólogo sobre la fiesta que iba a dar, y explicaba minuciosamente cómo llegar: Tuerza en la primera a la derecha, siga recto, coja la segunda a la izquierda, continúe recto, luego a la derecha, otra vez a la derecha, y allí cruce la avenida, entre en el cine, salga del cine y enseguida verá mi apartamento… algo así. Pero ¿a quién se lo explicaba? ¿a quién estaba invitando? ¿quién iba a poder llegar a la casa con esas absurdas explicaciones? Por eso la fiesta nunca tenía lugar. Yo, muy profesional- estaba trabajando con un maestro, qué gran honor -no repliqué, no me atreví a decirle que aquello no tenía sentido. Solté mi texto mirando a la cámara, como si cantara de carrerilla la tabla del tres en el colegio. Monsieur Rivette me miró arqueando la ceja. “Repetimos, señorita Martel, está usted diciendo estupideces pero no tiene que parecer estúpida mientras las dice”
(…)
En esa película Julie Martel acababa siendo violada por todos los gendarmes y los CSR de París mientras los invitados a la party recorrían las calles como zombies ciegos, chocándose unos con otros, cayendo en las alcantarillas o al Sena hasta que la ciudad quedaba vacía. La crítica dijo: espectacular y prodigiosa metáfora de la sociedad actual, de la deshumanización de las relaciones personales, en las que el lenguaje ha perdido su capacidad de comunicar… bla, bla, bla, con una espléndida fotografía y magistral plano secuencia de los Campos Elíseos invadidos por fantasmas ciegos.

conex

Y resulta que de la nada me llueve que efectivamente hay un Monsieur Rivette verdadero, que no se llama Paul, como el mío, sino Jacques, y que era un director de la nouvelle vague que hacía películas de 13 horas (y enseguida me ppongo también a buscar críticas de sus películas); y me entero también de que hay otro Moniseur Rivette de ficción, en el Monsieur Pain de Roberto Bolaño, que aun no he leído pero me acabo de descagar.

Esto de la creación, la mímesis, las teorías de la literatura y demás vainas me está afectando seriamente.