De enlace en enlace: De las TIC a San Agustín, pasando por Dakota del Norte.

Anoche, después de un fin de semana bastante desconectada, buscando setas y comiendo castañas en las montañas albanesas, antes de acostarme, abrí el twitter. Tengo que reconocer que no lo uso mucho, y que más que nada me sirve para seguir un poco lo que se cuece en el mundillo ELE y en temas educativos y de tecnología. Leí el otro día en algún lugar que en facebook uno tiene como amigos a los compañeros del colegio y en twitter uno sigue a los que le hubiera gustado tener (yo añado que además de como compañeros, como maestros).

Entonces, el preregrinaje de link en link de anoche que anuncia el título fue más o menos como sigue:

Twitter. Jordi Adell dejaba un enlace a una entrada en un blog en la que se proclamaba, entre otras tonterías, que el uso de las TIC podía acarrear “perjuicios neurológicos” , miopía (que eso ya me lo decía mi abuela cuando me veía leyendo) y hasta “mutación cerebral”. Hubo un par de comentarios de ida y vuelta, a los que se unió el gran Potachov (no os perdáis su comentario en el post), y de ahí salté a otra noticia que publicaba El País hace unos días, en la que se contaba cómo un profesor había sido despedido porque abusaba del blog en clase (la enlazaba Fernando Trujillo, otro grande).

El panorama educativo en España está revueltísimo y desde la distancia lo veo con bastante preocupación y mucha pena. De las pocas cosas que me consuelan, una es leer a estos y otros compañeros diciendo cosas sensatas, proponiendo, debatiendo, moviéndose, apoyando (lo último, la petición del sobreseimiento del Expediente Disciplinario abierto contra el profesor Ángel Sáez , que a finales el curso pasado inició una protesta y al que ahora se acusa de incumplimiento de sus funciones).

Salté del twitter a una noticia destacada en el menéame (la fuente de información favorita de mi compañero de aventuras, que había estado trasteando antes que yo en el portátil y se había dejado la pestaña abierta): un reportaje fotográfico estupendo sobre Dakota del norte, llena de lugares perdidos, abandonados y retratados estupendamente por el fotógrafo Andrew Filer.

Y en esa página un recuadro a la derecha llama mi atención: un debate sobre la enseñanza de la escritura en los institutos norteamericanos, a raíz de un artículo, The writing revolution, que reseñaba un programa llevado a cabo en 2009 en el instituto de New Dorp Highen, el que se propugnaba la enseñanza de la escritura formal (ensayos, argumentaciones…) de manera transversal, en todas las materias, como método para luchar contra el fracaso escolar.

El debate estaba servido y había opiniones para todos los gustos y de todos los colores. Los había que sostenían que había que “volver al viejo sistema de enseñanza tradicional de la gramática, y los ejercicios memorísticos y de repetición”, frente a esos modelos “modernos” donde los estudiantes escriben sobre sus sentimientos o sus experiencias vitales , rollo aquel profe- algo petardo interpretado pero resultón- por Robin Williams en El club de los poetas muertos y que ya estaba bien e escribir a mano, que los alumnos tenían ahora muy mala letra. Pero también otros hablaban de cómo la tecnología podía ser un buen aliado para el proceso de escritura del alumno y la corrección por parte el profesor.

Por otro lado, la parte “burocrática” que había desatado el proyecto del que derivaba el debate- resultados en test nacionales, estadísticas etc.-, me hizo recordar aquella temporada en The wire en la que el detective Pryzbylewski llegaba, reciclado en maestro, a una escuela de Baltimore [curioso como las series (o el cine, la ficción en general) funcionan un poco como un filtro a través del que vemos la sociedad de los EEUU].

Me interesa mucho el tema de la escritura, saber escribir (no juntar letras sino ser capaz de expresar ideas de forma coherente por escrito) es vital, no sólo para sacar buenas notas o subir en los resultados de los informes estatales. No creo que la dicotomía esté en la oposición “escritura formal” / “escritura creativa”. Pienso en mi enseñanza y no recuerdo a muchos profesores molestándose en enseñarnos a escribir. El ejercicio clásico era la “redacción”, sobre cualquier tema, como deber para casa, escrita sin muchas ganas, entregada al profesor y devuelta con un triste “visto”, o un “muy bien/bien/regular/mal” acompañado de círculos rojos en las faltas de ortografía. Pocas veces los que fueron mis profesores se molestaron en guiarnos en el proceso de escribir, o en darnos algo de feedback enriquecedor más allá de la palabra mal escrita o del acento que falta. Recuerdo uno en la escuela (y su método iba más por los cauces de la escritura de ficción que por la de los ensayos) y otro en la Universidad, el único profesor que me ha devuelto trabajos con comentarios, bien críticos en ocasiones, y orientaciones para mejorar la expresión escrita, y al que le estaré eternamente agradecida. El resto, sospecho que ni se leían los folios que les entregábamos. (Una vez hice una prueba: en el colegio, en medio de un trabajo escrito a mano y con buena letra, introduje la letra de “Pinocho fue a pescar al río Guadalquivir…” varias veces. La “seño” ni se inmutó).

Y salto de link en link, leyendo opiniones diversas, y me quedo, entre muchas cosas que leí, con el artículo de Jody Peltason en el que señala, como señalaba antes yo, que el debate no es “about teaching expository rather than creative writing” y que la solución tampoco es “volver a los métodos de la vieja escuela”, de la escuela de los “good old days” que, en realidad nunca existió. Y habla entonces de un término que me encantó , la “Nostesia“, mezcla de nostalga y amnesia relacionada con la creencia de que en educación, cualquier tiempo pasado fue mejor, y enlaza otros dos artículos en los que me detengo otro rato.

Reproduzco la definición de Nostesia, estupenda fórmula:

I have created the following equation to quantify the severity of an individual’s delusion:

A x O = NQ

A represents a person’s age. O is number of years he or she has been out of school. Multiply these together and you get NQ – the Nostesia Quotient. The higher a person’s NQ, the more advanced the disease and the less likely the person will respond to reasoned argument.

Y de ahí recuerdo las sempiternas conversaciones en mi casa (mis padres son los dos profesores y he estado rodeada de compañeros, amigos y familiares maestros toda mi vida) donde se discutía acerca de cómo las “generaciones anteriores” tuvieron una educación mejor  y más completa, de cómo se han ido aligerado o simplificando los contenidos,  de cómo los alumnos “de ahora” son más tontos que los de “antes”. Y entonces recuerdo un texto que mi padre me leyó una vez. En él se recogían unas críticas sobre los estudiantes, su mal comportamiento, su falta de interés y disciplina, etc. Mi padre, después de leermelo, me dijo: ¿A que no sabes quién es el autor?… San Agustín, en Las Confesiones. ¡Y sonaba tan actual!

Así que me pongo a buscar en google a ver si encuentro aquel texto que me leyó mi padre una vez y me veo, a las dos y media de la noche, leyendo en la cama, en el portátil, en Tirana, Albania, un texto escrito a finales del siglo IV.

[Sobre la enseñanza de la escritura ya me explayaré en otro post, que el tema da para mucho]

Sucedidos que parecen argumentos de novelas

Una de las cosas en las que ando pensando últimamente es en cómo la gente va hilando las historias que cuenta. Me parece que uno se retrata al hablar. Hay personas que cuentan estupendamente, que se alargan en anécdotas mínimas pero añaden detalles suculentos y divertidos, y no te cansas de escucharlos. Y hay personas que se lían y dan detalles inútiles y hablan de personas y lugares que uno no ha oído mentar, pensando que son universalmente conocidos, aburriendo al personal con historias insulsas. Hay quien va al grano. hay quien divaga tanto que, sin querer, invita a desconectar al interlocutor. Hay quien cuenta de manera cronológica o quien anticipa, rebobina, crea suspense. Los hay que hablan para sí mismos, por el placer de escucharse. Los hay que narran a dos voces (sobre todo las parejas)…

Así que mientras los amigos hablan alrededor de unas cervezas o durante una cena, además de prestar atención a lo que dicen, me voy fijando en cómo van construyendo sus discursos.

Me pasa también esto con las novelas, y con las películas. Me interesa casi tanto lo que me cuentan como el cómo lo cuentan.

Últimamente me están contando unas historias tan rocambolescas que parecen argumentos de novelas (o de películas).

La madre de un amigo allá por los 70, con menos de veinte años, se fue a Alemania a trabajar, como tantos otros españoles de su generación, y se echó un novio. Hasta ahí todo bien, normal. Lo bizarro es que el novio era de Indonesia!! Y llegaron a estar prometidos! Él viajó al pueblo de León del que ella era originaria, a pedir su mano, y a su vez, ella también viajó a Indonesia, a conocer a la familia de él antes de la boda. Pero no lo gustó lo que vio (se pasó los días encerrada con el resto de las mujeres de la casa, con las que, además, apenas podía comunicarse), se olió lo que le esperaba y rompió el compromiso. De vuelta a España, y sin ninguna gana de quedarse en la aldea, como le animaban sus familiares- tienes que dejar de dar vueltas por el mundo y sentar la cabeza-, convenció a los jefes de la empresa en la que trabajaba para que la mandaran a Londres a aprender inglés. Y allá que se fue. Tuvo otro novio, esta vez japonés. Pero ya había tenido bastantes choques culturales. Un día, en Portobello Road conoció al que sería su marido: un viajante que vendía pantalones de tergal, español.  La historia, y sobre todo su protagonista, tan echá p’alante en el contexto de la gris españa de la época, es estupenda.

Escuchada, la historia gana muchísimo más.

[Tenía esto en el borrador de las entradas desde hace más de un mes. He pasado por aquí a quitarle el polvo al blog. El verano toca a su fin…]

Para qué sirve un profesor de idiomas.

Tenía esta entrada entre los borradores del blog pero leyendo este post de jramonele sobre aprendizaje informal y aprendizaje formal y sus comentarios me he decidido a darle una vuelta más.

Dice ibilbidea en los comentarios: “¿por qué nos pagan los estudiantes? ¿Qué les podemos ofrecer nosotros que no puedan conseguir por si mismos?”

Ando pensando últimamente que la mayoría de las lenguas que hablo, mejor o peor, las he aprendido sin profesor (salvo el inglés, en el cole y el instituto, que casi podía haberme ahorrado), por placer, por necesidad, de oídas, leyendo, aprendiendo canciones, viendo series o películas, en contacto con sus hablantes, con curiosidad, con esfuerzo… Y muchos de los extranjeros que hablan español que he conocido por esos mundos  también han sido autodidactas. Y algunos con resultados envidiables.

Así que también ando preguntándome para qué nos buscamos clases de esto o de lo otro (no sólo de idiomas) cuando podemos aprender lo que sea (ojo, no hablo de la enseñanza obligatoria, porque eso es otra historia, ni de las clases extraescolares a las que los padres apuntan a sus retoños; me refiero a aprendizajes “adultos” o voluntarios) por nuestra cuenta.

¿Por qué pagamos inscripciones- a veces bien caras- y retorcemos o sobrecargamos nuestros horarios? Hoy en día, el que quiere aprender algo, además de preguntar a sus conocidos o visitar una biblioteca, tiene en la red el mejor aliado. Contenidos y personal dispuesto a echar una mano están ahí, al alcance de cualquiera con conexión a internet e interés.

Entonces, ¿qué añadido/atractivo/aliciente tiene asistir a una clase?

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Saboreando las palabras

Últimamente le estoy dando vueltas al hecho de vivir rodeado de una lengua distinta a la materna (y al hecho de escribir en otra lengua, pero eso es otra historia). A pesar de que en Tirana me relacione sobre todo en español (en el trabajo, con muchos de los amigos, hispanohablantes en su mayoría, nativos o no), esas cosas del día a día como ir al mercado, saludar al portero del edificio, ir a correos o comprar tabaco las hago normalmente y ya sin complejos en albanés. Digo frases correctas, me comprenden y consigo lo que quiero. Pero en vacaciones vuelvo a casa y entonces empiezo a saborear las palabras de mi lengua, como si fuesen lacasitos de colores.

Un ejemplo: Acabo de venir de comprar el pan.

– ¿Qué te pongo, guapa?

– Una barrita. (Con ese diminutivo de cortesía tan majo que tenemos)

– Ahí tienes.

– ¿Qué te doy? Pregunto con unas monedas en la mano.

El señor que estaba delante de mí, dice entre risas: un beso, o una paliza…

La dependienta y el resto de gente que espera su turno sonríen. Alguien añade en voz alta: no hombre, una paliza no…

Estas cosas en albanés no las puedo saborear. Allí cumplo con éxito las funciones comunicativas como salen en los manuales de idiomas (En la tienda, para preguntar el precio: “¿cuánto cuesta? ¿cuánto es? = sa kuston?”), pero no hago chascarrillos con los vecinos en el portal o con los tenderos, ni puedo participar cuando alguien los hace.


Por eso durante las vacaciones, en casa, pego la hebra con todo el mundo, con las personas que me encuentro en la cola del cajero, en un ascensor, con el señor del estanco, con la cajera del día… Y así saboreo esas palabras, esas frases que, cuando estoy lejos, rodeada de na lengua extraña (por “extranjera”) se quedan atragantadas y sin pronunciar, sin encontrar correspondencias.

Desde Tirana mirando a Sol

Desde Tirana, que es la periferia, estamos todos pendientes  de lo que pasa en Madrid y otras ciudades españolas (y sus repercusiones en el resto del mundo). Y cuando digo todos en realidad debería decir los cuatro españoles que andamos por aquí. ¿Quiénes somos? Algunos profesores de español; otros, becarios varios que andan por el mundo buscando una oportunidad de hacer algo; ¿más? gentes que trabajan en organismo españoles y europos; algunos que vinieron por amor… Antes había algunos cooperantes, pero desde que la Agencia de Cooperación española cerró sus oficinas balcánicas estos han sido sustituidos por cooperantes de salón, de los que trabajan en programas  y proyectos con las instituciones locales haciendo informes y (algunos) cobrando sueldos indecentes, pagados “con el dinero de los contribuyentes”. Somos pocos, somos muy heterogéneos, nos conocemos casi todos, quedamos, viajamos, cenamos o bailamos juntos muchas veces.

Observando con mucha envidia lo que pasa en las plazas de nuestras ciudades uno sugirió que nos manifestáramos delante de la embajada (el domingo, hoy, a las 17:00). Entre bromas y veras cada uno dijo lo que opinaba, y mi opinión fue que no, que podía ser muy divertido y muy cachondo hacerse una foto ante la embajada cerrada y ante la mirada de nadie que pudiera comprender (y de nadie en sentido literal, pues en ese momento en esa calle no hay nadie) y luego colgarla en facebook, pero que era una frivolidad tal y como están las cosas por aquí.

El viernes tenía clase con los chicos de segundo ciclo. Es una clase de literatura y cultura y estábamos hablando de poesía. Pero mi clase empezó con el visionado de la Puerta del Sol en streaming. Mis estudiantes, flipando, me preguntaron: ¿qué es eso? Algunos, muy pocos, lo habían visto en la prensa en internet. Les expliqué, les enseñé los twitters, los orígenes, las propuestas… No entendían.

¿Cómo van a entender que la población de un país occidental y de la UE se queje de algo? ¿Cómo que democracia real? ¿Si la democracia española no es real, la albanesa qué es? ¿Acaso no están ellos peor? Me asustó el comentario de uno de mis estudiantes: “¿Y a mí qué me importa lo que pase en España? Sólo me importa lo que pase aquí y lo que me pase a mí”.

Y es verdad que las cosas en Albania van bastante de culo. Hace ya tres semanas se celebraron elecciones locales en el país. Casi dos semanas de recuento de votos después, con bloqueos diversos y recuento de votos de las últimas urnas en directo por la TV, se anunciaron resultados confusos: ganaban unos; luego otros… La ciudad se llenaba de simpatizantes con banderas; todos habían ganado. Al final comunicaron que Edi Rama, alcalde de Tirana en las dos últimas legislaturas y presidente del partido socialista, en la oposición, ganaba al candidato del Partido Demócrata, actualmente en el poder, por 10! votos.

Pero ahí no acabó la cosa. Desde el domingo pasado se espera la resolución definitiva del KQZ, la junta central electoral. Pero esa resolución no llega. Se han puesto a contar los votos de nuevo! ¿Todos? No, sólo los nulos. ¿Los votos nulos se deben contar? ¿No eran nulos? ¿Y por qué se ponen a contarlos? Porque, al parecer, al gobierno no le gusta el resultado… Las puertas del KQZ están blindadas por la policía y unos pocos simpatizantes del PS se arremolinan a la entrada y en las inmediaciones.

La gente está harta. Está harta pero tiene miedo. En enero, en una manifestación convocada por el PS para protestar por los últimos casos de corrupción del gobierno ( y continuación de su serie de protestas desde las elecciones generales de junio de 2009) murieron 4 personas por disparos de los cuerpos de seguridad. ¡¿Cómo no tener miedo?! Pero a la vez, ¡cómo no estar indignado y harto! Harto e indignado de tener unos sueldos miserables mientras pasan ferraris y hummers por las calles; de que suba la factura de la luz; de que sus carreteras y calles estén en mal estado; de tener que pagar de tapadillo a médicos para que te atiendan; del paro y la falta de oportunidades; de ser identificados sólo como mafiosos y corruptos en el resto del mundo; y de sus políticos, sobre todo de sus políticos. ¿Y por qué no se mueven, por qué no reaccionan?

Yo las asambleas las hago todos los días, con esos (y otros muchos) compañeros de viaje heterogéneos que me he ido encontrando por aquí y de los que hablaba al principio. Lo que quiero, lo que me gustaría, es que reaccionen los albaneses, esos que dicen, como mi alumno, “a mí sólo me importa lo que me pase a mí”.

Eso sí, algunas de mis estudiantes, mientras veíamos vídeos del movimiento 15M, comentaban: qué bonitas sus manifestaciones, son como una fiesta, no como las nuestras. Y algunas apuntaron los links para buscarlos. Al final me preguntaron: ¿y les han hecho caso? Yo les dije que hoy eran las elecciones y que si les interesaba el asunto que se informasen. No sé si entenderán.

(Estoy cansada y no voy a poner links, el que quiera profundizar que busque en internet, todo está ahí)

Eso sí, si estuviera en Madrid estaría en Sol, junto a las lechugas y los tomates que plantaron mi hermano y sus amigos el otro día. Siento que me lo estoy perdiendo, por mucho internet que le eche.

Aprendizaje informal

Llevo la mañana rellenando unos informes que nos han pedido en la facultad sobre la actividad investigadora, de formación e innovación de los profesores del departamento. Se supone que ser profesor en una universidad es más que el hecho de dar clases; que uno sigue formándose, que participa en este o aquel seminario, que participa en grupos de trabajo, que publica artículos… lo que sea. Y se supone que esto se hace por seguir apendiendo, por mejorar la calidad de las clases, por interés en determinados temas… Se supone.

La realidad es que si no les obligaran, la gran mayoría de los profesores no haría nada. La realidad, al menos es así donde estoy ahora- y donde he estado antes-, es que la mayoría de los profesores intentan escaquearse al máximo de todo (los hay incluso que se “fuman” las clases como el estudiante más vago). Y hay muchas razones. La principal es económica: como me pagan dos duros, hago lo mínimo. Pero hay más razones para no hacer nada: desidia, pereza, orgullo, falta de iniciativa de interés o de ideas…

Eso sí, la normativa es así, y hay que rellenar informes con la actividad formadora (esos congresos autoreferenciales donde los profesores leen para sus aburridos colegas con los que toman café a diario lo mismo que han escrito en un powerpoint), de capacitación y mejora de la calidad de enseñanza (con lo que los profesores que no tienen aun doctorados y tal se apuntan a másteres y terceros ciclos, obligados), de publicaciones (esos artículos repetidos y refundidos y con el titulo cambiado en actas de congresos autoreferenciales) y de innovación…

Me hace particularmente gracia que nos pidan una relación de las actividades relacionadas con la “innovación” en una facultad donde la biblioteca lleva cerrada por obras más de un año, donde en la sala multimedia nueva que están montando está todo listo, “menos los cables” desde hace meses- y por lo tanto sigue cerrada-, donde “no hay presupuesto”  ni para tóner de fotocopiadora pero, sobre todo, donde ni siquiera hay calefacción y nos pelamos de frío en invierno

¿Quieres innovación? Cuida tus instalaciones, ten contento a tu personal y a lo mejor, sólo a lo mejor, los profesores y los estudiantes se pondrán a hacer algo más que acudir a clase con desgana.

Y todo esto viene a cuento de que la mayoría de las actividades que estamos intentando mover por aquí tienen que ver con el aprendizaje informal: ¿En qué casilla podemos poner que estamos fomentando la alfabetización digital a través del blog o del grupo de facebook o del wiki? ¿en cuál podemos incluir el trabajo del grupo de teatro? ¿En cuál ponemos que vamos a montar-si finalmente no se “desmotivan” los interesados-un grupo de trabajo sobre el uso de la PDI en clase?

Y de esto me he puesto a pensar ya en mi propia formación. Cuando terminé la tesina me dije a mí misma que no me metería a redactar la tesis, que me quedaría ahí. ¿Por qué? Mi tutora nunca llegó a leerse la versión final – le habían operado de miopía justo en esa época a la pobre- y las profesoras que estuvieron en el tribunal lo único que me dijeron era que “era un tema muy bonito del que nunca habían oído hablar”. Pues muchas gracias. ¿Tres años de cursos de doctorado e investigación para eso? Colgué el texto en internet, lo he seguido retocando y he añadido otras cosas… Ahí está. El tema, efectivamente, es muy bonito y como me interesa sigo investigando (pero a mi bola, sin tutor, sin plazos, sin pagar tasas; y con aportaciones de gentes a las que no conozco pero que comparten mi interés por el tema y con las que me comunico).

Cuando terminé el  Máster me juré que no volvería a pagar por tener ningún título. He aprendido más cosas,infinitamente más cosas, leyendo pr mi cuenta o charlando con colegas que durante los dos años de máster. En ninguna asignatura, ni siquiera en aquellas a las que no les dediqué apenas tiempo, saqué de nota menos de un 8. (¿Alguien suspende alguna vez en un máster?). La memoria de máster la empecé a hacer con una profesora que, harta de que la explotaran, terminó dejando la universidad en la que estaba. Así que me quedé sin tutora antes de terminar la memoria y aunque seguí en contacto con mi “ex” durante todo el proceso, a la hora de evaluarla me asignaron a una “tutora nueva”. Pues qué bien. Me pusieron, eso sí, muy buena nota. (¿Se la leería alguien?). Cuando solicité el título me dijeron que tenía que pagar no sé cuántos euros por la expedición del mismo. ¿Pagar más? No tengo título. Sólo tengo un certificado de notas, que supongo que me valdrá de algo (aunque no estoy segura del todo)

¿Significa esto que he dejado de formarme? A nivel institucional sí. Porque no hay forma de “hacer valer” pertenecer a un grupo de eflexión/discusión on line, ni contribuir en un wiki, ni llevar un blog, ni hacer tus propias actividades, ni cuentan tus lecturas o las horas de discusión con otros colegas alrededor de un café o una cerveza, ni las tertulias a las que asistes… (porque el aprendizaje informal ya existía antes de internet, pero ahora es mucho más evidente, sencillo y colaborativo) Todas esas cosas no caben en un currículum ni en una convocatoria oficial,  no dan puntos. Así que, ¿para qué meterse en “embolaos”?

Tendré que seguir con mis informes.

Pd: Me acaban de pedir que escriba un discurso para que un señor que cobra 10.000 euros al mes diga unas palabras en la ceremonia de clausura de un proyecto. ¿Ja! Que me dé al menos dinero para toner… O un certificado de participación.

Desencanto 2.0

Yo empecé con esto de los blogs y la manoseada etiqueta 2.0 hace ya unos años, creo que por el 2006 (mi primera entrada en mi primer blog, mi primer wiki, mi primer video en youtube…). Cacharreé y trasteé. Me abrí un bloglines (ahora reader) y un delicious (por cuánto tiempo más?), me apunté a redes de profesores, participé en foros, tuve hasta un blog sobre educación y tecnología, escribí artículos en un periódico, y dejaba comentarios y a veces incluso los recibía yo! Twitter, facebook…Todo era fascinante. Estaba fa fa fa fa fascinada. Y no he es que haya dejado de estarlo. Pero creo que he perdido algo de ilusión. La ilusión de poder explotar sus posibilidades en el aula, la ilusión por el potencial de cambio en la metodología, en la manera de enseñar y de aprender que se atisbaba. Me explico.

Acabamos de hacer un minicurso en la facultad con estudiantes y profesores sobre TIC y enseñanza/aprendizaje de ELE. 35 personas. Casi todas con un mínimo de alfabetización digital, es decir, con su cuenta de correo, ciertas habilidades con los buscadores (debería decir sólo “google”) y facebook, cómo no, el rey de las aplicaciones. Los ponentes se dejan los cuernos tratando de contagiar el entusiasmo y la fascinación por el mundo digital, explicando cómo hacer un uso creativo, crítico, constructivo de las mil y una herramientas a nuestra disposición, cómo se han multiplicado las formas y los canales a través de los que aprender, comunicarse… Y parece que algo de ese entusiasmo se pega. Y están todos muy contentos. Y parece que será una semilla que dará fruto! Pero el wiki que montaron para que “entre todos” elaborásemos los apuntes del curso pronto será como un pueblo abandonado del Oeste, de esos por cuyas calles sólo pasan balas de malas hierbas. Igual que muchos blogs de aula o de profesor, igual que muchos otros wikis, paridos por cesárea en cursos de formación.

Yo lo miro todo con cierto escepticismo. A una le ha tocado hacer un curso de creación de blogs para profesores y ha visto cómo los blogs que se crearon se quedaron flotando en la cibernada tras un par de post “obligados”. Y ha montado otro blog, y  un grupo de facebook, por eso de que si Mahoma no va a la montaña… pero no hay tu tía. Podría pensar que es que faltan medios, tiempo… Pero es que, sinceramente, creo que la enseñanza formal (y eso significa que haya programas, y control de asistencia (y control, a secas), y obligatoriedad, y  exámenes…) y el aprendizaje con el que yo sueño están condenados a no llevarse bien. Que llenar los centros de ordenadores y wifi (donde los haya!) no basta. Que a manejarse por la cara lúdica de internet aprendemos todos y solos, y no hacen falta cursillos (acaso nos han tenido que enseñar a usar facebook? o a plantar lechugas en la granja virtual? o a etiquetar fotos borrosas de los amigos con sus peores caretos? o a ver videos de youtube? o a bajarnos pelis del seriesyonkis?).  Y que a la otra cara, la revolucionaria,  esa que me parecía fascinante y que cambiaría el panorama de la educación, sólo llegarán algunos. Algunos: los mismos (pocos) profesores y estudiantes que ya son curiosos, que preguntan, que investigan, que son críticos y creativos analógicamente. Y esos sabrán sacarle juego y jugo a todo esto de la pedagogía 2.0, del conectivismo, de las inteligencias compartidas, de la comunicación y las relaciones horizontales… Y además su actividad se desarrollará en los márgenes (en la periferia del sistema), no contará para la nota final, no dará puntos (ni falta que hace!). Será por placer, o no será.

A pesar de mi desencanto, sigo dándole caña. Algo de ruido haremos.