Modernos antiguos en la metodología de la enseñanza de lenguas extranjeras

Mira tú, en el siglo s IV ya andaban diciendo que eso de “la letra con sangre entra” para aprender lenguas (o cualquier otra cosa) no es buen método y señalando la importancia de la motivación, de lo lúdico y de lo afectivo… Qué moderno (o que antiguos nosotros).

San Agustín, en sus Confesiones: “Del aborrecimiento que tenía al estudio de la lengua griega”

Pues ¿cómo aborrecía yo también la gramática griega, que enseña estas y semejantes fábulas?, porque Homero verdaderamente es destrísimo en tejer estas ficciones, y es dulcísimamente vano; y no obstante, era bien amargo para mí cuando muchacho. Yo creo que lo mismo les sucederá respecto de Virgilio a los muchachos griegos de nacimiento cuando los obliguen a aprenderle, como a mí me obligaban a aprender a Homero. 

Esto debía consistir en que la gran dificultad que generalmente hay en aprender una lengua extraña servía de amarga hiel con que se rociaban todas las dulzuras que yo hallaba en la narración de las fábulas griegas. Pues cuando aún no sabía palabra de aquel idioma, me obligaban con terribles amenazas y crueles castigos a que le aprendiera.  

Es verdad que también durante algún tiempo de mi infancia estuve sin saber palabra alguna de la lengua latina; y con todo eso solamente de oírla hablar la aprendí (sin que me hostigasen con miedos ni tormentos), entre los halagos y caricias de las amas, y entre las chanzas y juegos de los que me entretenían o se divertían conmigo. Pero si la aprendí, sin que ninguno me estimulase con castigos ni amenazas, fue porque mi mismo corazón me  obligaba a que manifestase sus interiores afectos; lo que no pudiera  hacer si no hubiera aprendido algunas palabras, no de los que las enseñaban, sino de los que hablaban en mi presencia, en cuyos oídos procuraba yo también ir pariendo a mi modo mis conceptos. De donde se infiere que para aprender estas cosas conduce más una curiosidad voluntaria que el temor y la violencia.

De enlace en enlace: De las TIC a San Agustín, pasando por Dakota del Norte.

Anoche, después de un fin de semana bastante desconectada, buscando setas y comiendo castañas en las montañas albanesas, antes de acostarme, abrí el twitter. Tengo que reconocer que no lo uso mucho, y que más que nada me sirve para seguir un poco lo que se cuece en el mundillo ELE y en temas educativos y de tecnología. Leí el otro día en algún lugar que en facebook uno tiene como amigos a los compañeros del colegio y en twitter uno sigue a los que le hubiera gustado tener (yo añado que además de como compañeros, como maestros).

Entonces, el preregrinaje de link en link de anoche que anuncia el título fue más o menos como sigue:

Twitter. Jordi Adell dejaba un enlace a una entrada en un blog en la que se proclamaba, entre otras tonterías, que el uso de las TIC podía acarrear “perjuicios neurológicos” , miopía (que eso ya me lo decía mi abuela cuando me veía leyendo) y hasta “mutación cerebral”. Hubo un par de comentarios de ida y vuelta, a los que se unió el gran Potachov (no os perdáis su comentario en el post), y de ahí salté a otra noticia que publicaba El País hace unos días, en la que se contaba cómo un profesor había sido despedido porque abusaba del blog en clase (la enlazaba Fernando Trujillo, otro grande).

El panorama educativo en España está revueltísimo y desde la distancia lo veo con bastante preocupación y mucha pena. De las pocas cosas que me consuelan, una es leer a estos y otros compañeros diciendo cosas sensatas, proponiendo, debatiendo, moviéndose, apoyando (lo último, la petición del sobreseimiento del Expediente Disciplinario abierto contra el profesor Ángel Sáez , que a finales el curso pasado inició una protesta y al que ahora se acusa de incumplimiento de sus funciones).

Salté del twitter a una noticia destacada en el menéame (la fuente de información favorita de mi compañero de aventuras, que había estado trasteando antes que yo en el portátil y se había dejado la pestaña abierta): un reportaje fotográfico estupendo sobre Dakota del norte, llena de lugares perdidos, abandonados y retratados estupendamente por el fotógrafo Andrew Filer.

Y en esa página un recuadro a la derecha llama mi atención: un debate sobre la enseñanza de la escritura en los institutos norteamericanos, a raíz de un artículo, The writing revolution, que reseñaba un programa llevado a cabo en 2009 en el instituto de New Dorp Highen, el que se propugnaba la enseñanza de la escritura formal (ensayos, argumentaciones…) de manera transversal, en todas las materias, como método para luchar contra el fracaso escolar.

El debate estaba servido y había opiniones para todos los gustos y de todos los colores. Los había que sostenían que había que “volver al viejo sistema de enseñanza tradicional de la gramática, y los ejercicios memorísticos y de repetición”, frente a esos modelos “modernos” donde los estudiantes escriben sobre sus sentimientos o sus experiencias vitales , rollo aquel profe- algo petardo interpretado pero resultón- por Robin Williams en El club de los poetas muertos y que ya estaba bien e escribir a mano, que los alumnos tenían ahora muy mala letra. Pero también otros hablaban de cómo la tecnología podía ser un buen aliado para el proceso de escritura del alumno y la corrección por parte el profesor.

Por otro lado, la parte “burocrática” que había desatado el proyecto del que derivaba el debate- resultados en test nacionales, estadísticas etc.-, me hizo recordar aquella temporada en The wire en la que el detective Pryzbylewski llegaba, reciclado en maestro, a una escuela de Baltimore [curioso como las series (o el cine, la ficción en general) funcionan un poco como un filtro a través del que vemos la sociedad de los EEUU].

Me interesa mucho el tema de la escritura, saber escribir (no juntar letras sino ser capaz de expresar ideas de forma coherente por escrito) es vital, no sólo para sacar buenas notas o subir en los resultados de los informes estatales. No creo que la dicotomía esté en la oposición “escritura formal” / “escritura creativa”. Pienso en mi enseñanza y no recuerdo a muchos profesores molestándose en enseñarnos a escribir. El ejercicio clásico era la “redacción”, sobre cualquier tema, como deber para casa, escrita sin muchas ganas, entregada al profesor y devuelta con un triste “visto”, o un “muy bien/bien/regular/mal” acompañado de círculos rojos en las faltas de ortografía. Pocas veces los que fueron mis profesores se molestaron en guiarnos en el proceso de escribir, o en darnos algo de feedback enriquecedor más allá de la palabra mal escrita o del acento que falta. Recuerdo uno en la escuela (y su método iba más por los cauces de la escritura de ficción que por la de los ensayos) y otro en la Universidad, el único profesor que me ha devuelto trabajos con comentarios, bien críticos en ocasiones, y orientaciones para mejorar la expresión escrita, y al que le estaré eternamente agradecida. El resto, sospecho que ni se leían los folios que les entregábamos. (Una vez hice una prueba: en el colegio, en medio de un trabajo escrito a mano y con buena letra, introduje la letra de “Pinocho fue a pescar al río Guadalquivir…” varias veces. La “seño” ni se inmutó).

Y salto de link en link, leyendo opiniones diversas, y me quedo, entre muchas cosas que leí, con el artículo de Jody Peltason en el que señala, como señalaba antes yo, que el debate no es “about teaching expository rather than creative writing” y que la solución tampoco es “volver a los métodos de la vieja escuela”, de la escuela de los “good old days” que, en realidad nunca existió. Y habla entonces de un término que me encantó , la “Nostesia“, mezcla de nostalga y amnesia relacionada con la creencia de que en educación, cualquier tiempo pasado fue mejor, y enlaza otros dos artículos en los que me detengo otro rato.

Reproduzco la definición de Nostesia, estupenda fórmula:

I have created the following equation to quantify the severity of an individual’s delusion:

A x O = NQ

A represents a person’s age. O is number of years he or she has been out of school. Multiply these together and you get NQ – the Nostesia Quotient. The higher a person’s NQ, the more advanced the disease and the less likely the person will respond to reasoned argument.

Y de ahí recuerdo las sempiternas conversaciones en mi casa (mis padres son los dos profesores y he estado rodeada de compañeros, amigos y familiares maestros toda mi vida) donde se discutía acerca de cómo las “generaciones anteriores” tuvieron una educación mejor  y más completa, de cómo se han ido aligerado o simplificando los contenidos,  de cómo los alumnos “de ahora” son más tontos que los de “antes”. Y entonces recuerdo un texto que mi padre me leyó una vez. En él se recogían unas críticas sobre los estudiantes, su mal comportamiento, su falta de interés y disciplina, etc. Mi padre, después de leermelo, me dijo: ¿A que no sabes quién es el autor?… San Agustín, en Las Confesiones. ¡Y sonaba tan actual!

Así que me pongo a buscar en google a ver si encuentro aquel texto que me leyó mi padre una vez y me veo, a las dos y media de la noche, leyendo en la cama, en el portátil, en Tirana, Albania, un texto escrito a finales del siglo IV.

[Sobre la enseñanza de la escritura ya me explayaré en otro post, que el tema da para mucho]

Sucedidos que parecen argumentos de novelas

Una de las cosas en las que ando pensando últimamente es en cómo la gente va hilando las historias que cuenta. Me parece que uno se retrata al hablar. Hay personas que cuentan estupendamente, que se alargan en anécdotas mínimas pero añaden detalles suculentos y divertidos, y no te cansas de escucharlos. Y hay personas que se lían y dan detalles inútiles y hablan de personas y lugares que uno no ha oído mentar, pensando que son universalmente conocidos, aburriendo al personal con historias insulsas. Hay quien va al grano. hay quien divaga tanto que, sin querer, invita a desconectar al interlocutor. Hay quien cuenta de manera cronológica o quien anticipa, rebobina, crea suspense. Los hay que hablan para sí mismos, por el placer de escucharse. Los hay que narran a dos voces (sobre todo las parejas)…

Así que mientras los amigos hablan alrededor de unas cervezas o durante una cena, además de prestar atención a lo que dicen, me voy fijando en cómo van construyendo sus discursos.

Me pasa también esto con las novelas, y con las películas. Me interesa casi tanto lo que me cuentan como el cómo lo cuentan.

Últimamente me están contando unas historias tan rocambolescas que parecen argumentos de novelas (o de películas).

La madre de un amigo allá por los 70, con menos de veinte años, se fue a Alemania a trabajar, como tantos otros españoles de su generación, y se echó un novio. Hasta ahí todo bien, normal. Lo bizarro es que el novio era de Indonesia!! Y llegaron a estar prometidos! Él viajó al pueblo de León del que ella era originaria, a pedir su mano, y a su vez, ella también viajó a Indonesia, a conocer a la familia de él antes de la boda. Pero no lo gustó lo que vio (se pasó los días encerrada con el resto de las mujeres de la casa, con las que, además, apenas podía comunicarse), se olió lo que le esperaba y rompió el compromiso. De vuelta a España, y sin ninguna gana de quedarse en la aldea, como le animaban sus familiares- tienes que dejar de dar vueltas por el mundo y sentar la cabeza-, convenció a los jefes de la empresa en la que trabajaba para que la mandaran a Londres a aprender inglés. Y allá que se fue. Tuvo otro novio, esta vez japonés. Pero ya había tenido bastantes choques culturales. Un día, en Portobello Road conoció al que sería su marido: un viajante que vendía pantalones de tergal, español.  La historia, y sobre todo su protagonista, tan echá p’alante en el contexto de la gris españa de la época, es estupenda.

Escuchada, la historia gana muchísimo más.

[Tenía esto en el borrador de las entradas desde hace más de un mes. He pasado por aquí a quitarle el polvo al blog. El verano toca a su fin…]

Para qué sirve un profesor de idiomas.

Tenía esta entrada entre los borradores del blog pero leyendo este post de jramonele sobre aprendizaje informal y aprendizaje formal y sus comentarios me he decidido a darle una vuelta más.

Dice ibilbidea en los comentarios: “¿por qué nos pagan los estudiantes? ¿Qué les podemos ofrecer nosotros que no puedan conseguir por si mismos?”

Ando pensando últimamente que la mayoría de las lenguas que hablo, mejor o peor, las he aprendido sin profesor (salvo el inglés, en el cole y el instituto, que casi podía haberme ahorrado), por placer, por necesidad, de oídas, leyendo, aprendiendo canciones, viendo series o películas, en contacto con sus hablantes, con curiosidad, con esfuerzo… Y muchos de los extranjeros que hablan español que he conocido por esos mundos  también han sido autodidactas. Y algunos con resultados envidiables.

Así que también ando preguntándome para qué nos buscamos clases de esto o de lo otro (no sólo de idiomas) cuando podemos aprender lo que sea (ojo, no hablo de la enseñanza obligatoria, porque eso es otra historia, ni de las clases extraescolares a las que los padres apuntan a sus retoños; me refiero a aprendizajes “adultos” o voluntarios) por nuestra cuenta.

¿Por qué pagamos inscripciones- a veces bien caras- y retorcemos o sobrecargamos nuestros horarios? Hoy en día, el que quiere aprender algo, además de preguntar a sus conocidos o visitar una biblioteca, tiene en la red el mejor aliado. Contenidos y personal dispuesto a echar una mano están ahí, al alcance de cualquiera con conexión a internet e interés.

Entonces, ¿qué añadido/atractivo/aliciente tiene asistir a una clase?

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Saboreando las palabras

Últimamente le estoy dando vueltas al hecho de vivir rodeado de una lengua distinta a la materna (y al hecho de escribir en otra lengua, pero eso es otra historia). A pesar de que en Tirana me relacione sobre todo en español (en el trabajo, con muchos de los amigos, hispanohablantes en su mayoría, nativos o no), esas cosas del día a día como ir al mercado, saludar al portero del edificio, ir a correos o comprar tabaco las hago normalmente y ya sin complejos en albanés. Digo frases correctas, me comprenden y consigo lo que quiero. Pero en vacaciones vuelvo a casa y entonces empiezo a saborear las palabras de mi lengua, como si fuesen lacasitos de colores.

Un ejemplo: Acabo de venir de comprar el pan.

– ¿Qué te pongo, guapa?

– Una barrita. (Con ese diminutivo de cortesía tan majo que tenemos)

– Ahí tienes.

– ¿Qué te doy? Pregunto con unas monedas en la mano.

El señor que estaba delante de mí, dice entre risas: un beso, o una paliza…

La dependienta y el resto de gente que espera su turno sonríen. Alguien añade en voz alta: no hombre, una paliza no…

Estas cosas en albanés no las puedo saborear. Allí cumplo con éxito las funciones comunicativas como salen en los manuales de idiomas (En la tienda, para preguntar el precio: “¿cuánto cuesta? ¿cuánto es? = sa kuston?”), pero no hago chascarrillos con los vecinos en el portal o con los tenderos, ni puedo participar cuando alguien los hace.


Por eso durante las vacaciones, en casa, pego la hebra con todo el mundo, con las personas que me encuentro en la cola del cajero, en un ascensor, con el señor del estanco, con la cajera del día… Y así saboreo esas palabras, esas frases que, cuando estoy lejos, rodeada de na lengua extraña (por “extranjera”) se quedan atragantadas y sin pronunciar, sin encontrar correspondencias.

Desde Tirana mirando a Sol

Desde Tirana, que es la periferia, estamos todos pendientes  de lo que pasa en Madrid y otras ciudades españolas (y sus repercusiones en el resto del mundo). Y cuando digo todos en realidad debería decir los cuatro españoles que andamos por aquí. ¿Quiénes somos? Algunos profesores de español; otros, becarios varios que andan por el mundo buscando una oportunidad de hacer algo; ¿más? gentes que trabajan en organismo españoles y europos; algunos que vinieron por amor… Antes había algunos cooperantes, pero desde que la Agencia de Cooperación española cerró sus oficinas balcánicas estos han sido sustituidos por cooperantes de salón, de los que trabajan en programas  y proyectos con las instituciones locales haciendo informes y (algunos) cobrando sueldos indecentes, pagados “con el dinero de los contribuyentes”. Somos pocos, somos muy heterogéneos, nos conocemos casi todos, quedamos, viajamos, cenamos o bailamos juntos muchas veces.

Observando con mucha envidia lo que pasa en las plazas de nuestras ciudades uno sugirió que nos manifestáramos delante de la embajada (el domingo, hoy, a las 17:00). Entre bromas y veras cada uno dijo lo que opinaba, y mi opinión fue que no, que podía ser muy divertido y muy cachondo hacerse una foto ante la embajada cerrada y ante la mirada de nadie que pudiera comprender (y de nadie en sentido literal, pues en ese momento en esa calle no hay nadie) y luego colgarla en facebook, pero que era una frivolidad tal y como están las cosas por aquí.

El viernes tenía clase con los chicos de segundo ciclo. Es una clase de literatura y cultura y estábamos hablando de poesía. Pero mi clase empezó con el visionado de la Puerta del Sol en streaming. Mis estudiantes, flipando, me preguntaron: ¿qué es eso? Algunos, muy pocos, lo habían visto en la prensa en internet. Les expliqué, les enseñé los twitters, los orígenes, las propuestas… No entendían.

¿Cómo van a entender que la población de un país occidental y de la UE se queje de algo? ¿Cómo que democracia real? ¿Si la democracia española no es real, la albanesa qué es? ¿Acaso no están ellos peor? Me asustó el comentario de uno de mis estudiantes: “¿Y a mí qué me importa lo que pase en España? Sólo me importa lo que pase aquí y lo que me pase a mí”.

Y es verdad que las cosas en Albania van bastante de culo. Hace ya tres semanas se celebraron elecciones locales en el país. Casi dos semanas de recuento de votos después, con bloqueos diversos y recuento de votos de las últimas urnas en directo por la TV, se anunciaron resultados confusos: ganaban unos; luego otros… La ciudad se llenaba de simpatizantes con banderas; todos habían ganado. Al final comunicaron que Edi Rama, alcalde de Tirana en las dos últimas legislaturas y presidente del partido socialista, en la oposición, ganaba al candidato del Partido Demócrata, actualmente en el poder, por 10! votos.

Pero ahí no acabó la cosa. Desde el domingo pasado se espera la resolución definitiva del KQZ, la junta central electoral. Pero esa resolución no llega. Se han puesto a contar los votos de nuevo! ¿Todos? No, sólo los nulos. ¿Los votos nulos se deben contar? ¿No eran nulos? ¿Y por qué se ponen a contarlos? Porque, al parecer, al gobierno no le gusta el resultado… Las puertas del KQZ están blindadas por la policía y unos pocos simpatizantes del PS se arremolinan a la entrada y en las inmediaciones.

La gente está harta. Está harta pero tiene miedo. En enero, en una manifestación convocada por el PS para protestar por los últimos casos de corrupción del gobierno ( y continuación de su serie de protestas desde las elecciones generales de junio de 2009) murieron 4 personas por disparos de los cuerpos de seguridad. ¡¿Cómo no tener miedo?! Pero a la vez, ¡cómo no estar indignado y harto! Harto e indignado de tener unos sueldos miserables mientras pasan ferraris y hummers por las calles; de que suba la factura de la luz; de que sus carreteras y calles estén en mal estado; de tener que pagar de tapadillo a médicos para que te atiendan; del paro y la falta de oportunidades; de ser identificados sólo como mafiosos y corruptos en el resto del mundo; y de sus políticos, sobre todo de sus políticos. ¿Y por qué no se mueven, por qué no reaccionan?

Yo las asambleas las hago todos los días, con esos (y otros muchos) compañeros de viaje heterogéneos que me he ido encontrando por aquí y de los que hablaba al principio. Lo que quiero, lo que me gustaría, es que reaccionen los albaneses, esos que dicen, como mi alumno, “a mí sólo me importa lo que me pase a mí”.

Eso sí, algunas de mis estudiantes, mientras veíamos vídeos del movimiento 15M, comentaban: qué bonitas sus manifestaciones, son como una fiesta, no como las nuestras. Y algunas apuntaron los links para buscarlos. Al final me preguntaron: ¿y les han hecho caso? Yo les dije que hoy eran las elecciones y que si les interesaba el asunto que se informasen. No sé si entenderán.

(Estoy cansada y no voy a poner links, el que quiera profundizar que busque en internet, todo está ahí)

Eso sí, si estuviera en Madrid estaría en Sol, junto a las lechugas y los tomates que plantaron mi hermano y sus amigos el otro día. Siento que me lo estoy perdiendo, por mucho internet que le eche.