Gozad de la vida, que es lo único que hay

Nos hemos quedado sin Ramón Sánchez Lizarralde. Ramón era la voz en español de Ismail Kadaré, de Fatos Kongoli, de Luan Starova… Gracias a su  pluma podemos también disfrutar de un delicioso librito de Cuentos populares albaneses que publicó Miraguano. Fue también presidente de la Asociación de traductores, crítico literario… No voy a hacer el elogio del maestro, que ya se puede leer por ahí.

Llevaba bastante tiempo mal, delicado de salud, con el corazón dando la lata. En noviembre le extirparon un tumor cerebral (él decía que le habían quitado  unos “golondros”). De aquella mandó un correo agradeciendo a la gente que habíamos estado pendientes y en él decía: “Gozad de la vida, que es lo único que hay”. Desde entonces esta frase no se me va de la cabeza.

María, su mujer, nos ha ido teniendo al tanto de cómo evolucionaba la cosa, con unas crónicas a veces desconcertantes por el tono de humor que le ponía a noticias no muy buenas. Eran unos mensajes agridulces, que hasta te hacían sonreír a veces, imaginando cómo se iba creando un pequeño minibar en la habitación del hospital, cómo se sorteaban las citas médicas, cómo eran los paseos por Asturias, buscando tranquilidad…  La noticia de su muerte me ha dejado un hueco en el pecho y mucha tristeza.

Además de leerle, yo le conocí por carambolas de la vida, pues había por ahí una conexión personal y antes de ir a Albania nos pusimos en contacto y tomamos una caña con él en una terraza de Tirso de Molina. “Os lo vais a pasar muy bien… ¡en Tirana hay muchos bares!”

Ramón vivió cuatro años en Tirana. Fue espectador privilegiado de la Albania de los ochenta, ese país aislado y del que nada apenas se sabía y al que llegó guiado por sus convicciones políticas (que fueron luego matizándose y diluyéndose en contacto con la realidad, más allá de lo que la propaganda del régimen permitía ver). Durante su estancia, cuando ya conocía un poco el albanés, le tocó prestar sus servicios traduciendo al español las obras del dictador-dandi Enver Hoxha y trabajada en las oficinas de la Lidhja e Shkrimtareve (algo como el Círculo de escritores), mientras María, su compañera, colaboraba con Radio Tirana, que emitía también en castellano. Hace muy poquito vimos en el escaparate de la librería de una ciudad kosovar el único libro suyo editado en albanés: Shqipëria në pasqyrën e letërsisë, Albania, en el espejo de la literatura, una recopilación de artículos sobre algunas vivencias personales y las relaciones literarias entre España y Albania.

Le vimos en Tirana varias veces, y también a María, y disfrutamos de su sabiduría, de su compañía y de sus historias.

Quiero recordarle así, charlando, fumando y bebiendo raki (a pesar de las recomendaciones del médico) y contándonos historias como esta: En las oficinas del Círculo de Escritores, donde acudía a trabajar, por ser extranjero tenía un gran privilegio: podía usar papel higiénico, un lujo negado a sus colegas albaneses. Cada vez que le surgía la necesidad de ir al baño sus compañeros se partían de la risa. Un ordenanza (o como se llamasen entonces) tenía orden de escoltarle, pero pasando primero por una sala en la que este sacaba una llave y abría una caja fuerte.  En ella, además del preciado papel higiénico, se custodiaban los manuscritos de las obras escritas por Hoxha.

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