En mi casa tiranesa hay un tesoro negro y dorado oculto en un armarito. Es una máquina de coser antigua, china, imitación a esas singer con las que cosían las abuelas. La mía, mi abuela Desi, era especialista en aprovechar los retales que le sobraban a mi tío tapicero. Los transformaba en edredones, en cojines, en bolsos…
Mi máquina de coser ha despertado, gracias a los sabios consejos de la madre de una amiga, Irene, que me dio un curso práctico en diez minutos: La rueda gírala siempre hacia ti, coloca los pies y deja que sigan el ritmo… La canilla, el carrete, el tensor… Et voilá!
Además es lo único con lo que me puedo entretener últimamente, porque llevamos tres días sin electricidad…












